sábado, 1 de agosto de 2009

Amarillismos



Y así, en esa tarde espléndida de otoño, la playa ancha de médanos enormes, fue toda para ellos dos. Y para Fita, la perra vecina que les hacía de dama de compañía desde la mañana, y que ahora se quedaba con las patas para arriba, refregándose el lomo contra la arena tibia. Recostado en la manta sobre su lado derecho, con la mano sosteniendo la cabeza y el codo clavado en la arena, él veía desde abajo la imagen de ella, que estaba sentada, recortada contra el cielo. Y era una imagen perfecta. Desde un punto de vista estético, el suéter rosado con bolas de lana y el sombrerito celeste combinaban naturalmente con el fondo del cielo azul intenso. Parecía una postal de los años 20, de esas que se pintaban a mano. Todo el entorno solía cambiar en relación a ella, entregando a todo momento imágenes únicas. Estaba sentada con la espalda recta y la cabeza hacia abajo, tenía el libro abierto sobre las piernas cruzadas. Cada tanto cerraba los ojos y apuntaba la nariz al cielo buscando algún tipo de información en el aire, como los perros. Fita la observaba, patas para arriba. Ella se dejó ir con la vista hacia el mar una vez más. Suspiró, y volvío al libro. Hizo sonar el cuello, y como aún no lograba encontar la posición ideal, volvió a recostarse, dejando su cara muy cerca de la de él, que había bajado la cabeza y ahora la apoyaba sobre el brazo derecho. Detrás de los lentes oscuros, la observaba en silencio. Y ella, que ni lo miraba, con la oreja apoyada en la punta de un bolso, leía un libraco de un autor cubano, exiliado de la revolución. Un poeta prohibido o algo así. Un anticastrista que había sufrido la persecución política, la cárcel y demás tormentos, hasta que desapareció del mapa cultural para caer en el olvido. Y que ahora, después de muchos años, era editado nuevamente. O algo así. Se distrajo observando los poros de la piel de la cara de ella, las pestañas bajas, los surcos de las ojeras, la nariz ancha, el color durazno de la boca, que era el único maquillaje que llevaba. Un mechón del pelo castaño, corto y ondulado, que escapaba por debajo de la visera del sombrerito, se movía con el viento sobre el párpado del ojo derecho. Y ella se lo soplaba a cada rato. Oyó su respiración. Reparó en el vello irregular que aparecía por arriba del labio superior. Estaban tan cerca que podía contar uno por uno, cada pelito. Ella se dio vuelta, se puso boca arriba, y él, que ni se movía, ya no pudo leer la contratapa del libro. Ni seguir contando los pelos. Ella seguía incómoda, así que cambió el bolso por el juego de tejo, que era un tubo sólido conformado por los discos de madera. Eso debe doler aún más, pensó él. A continuación tomó el tiempo y, a los 17 segundos, ella se dio vuelta y lo miró. Primero se estudió en el reflejo de los lentes, luego dijo "¿Estás despierto?". "No", respondió él. Ella largó esa sonrisita baja, de rufián de puerto, tan característica. Sin que ella dijese nada, él estiró el brazo que había sostenido su propia cabeza. Y así, ella se puso de espaldas y descansó el cuello sobre el brazo de él, y le acercó el cuerpo, buscando algo de calor. Siguió leyendo, y él siguió en la misma nada de antes, con el pelo lleno de arena. Oyendo su propio corazón que retumbaba en el cuerpo de los dos. Y, aunque para él fuera una posición incómoda, ella tenía por fin donde apoyar la cabeza. Y eso era lo que importaba.


Y al rato ella se aburría y se sacaba la ropa y se quedaba en culotte, y corría hacia el agua helada gritando de placer. Y él corría divertido detrás de ella, a paso cansino, completamente vestido. Y se quedaba en la orilla saltando en el lugar para no perder calor, cuidadoso de no mojarse los pies. Y ella se mojaba los tobillos, y gritaba como loca y agitaba los brazos. Dejaba ir, se liberaba. Y él, al contrario: quería retener todo lo que cabía en ese momento. Y Fita le ladraba a las olas, trataba de morderlas, y ella bailaba y hacía piruetas y corría de nuevo a vestirse, tiritando exitada. Y Fita volvía corriendo detrás de ella con la lengua afuera, y a él le encantaba que ella y la perra, su amiga de la playa, se hubieran hecho amigas. Y vieron en silencio como cambiaban los colores con el paso de las horas, y luego corrieron hasta la garita del gardavidas, y se treparon y se acodaron en la baranda, y se sacaron fotos el uno al otro y luego juntos, y Fita lloraba desde abajo para que la subieran a ella también. Y vieron pasar bandadas de cuatriciclos a toda velocidad, en grupos que copaban el ancho de la playa. "¡Manga de nabos, tómenselas!" gritaba ella, indignada, y sus gritos no lograban imponerse al ruido de los motores. Los nabos aullaban, se reían y les hacían gestos obcenos. Y a ellos dos ya les picaba el hambre, entonces levantaron campamento, y se volvieron caminando por las calles desiertas y abrieron los pulmones a ese aire liviano y se desviaron por unas empanadas. Y las comieron por el camino, y Fita se comportaba como una lady, indiferente al resto de los perros de playa que se lanzaban desaforados por algo que morder. Y fueron al súper, el único en ese pueblo fantasmal de temporada baja, y se hicieron de provisiones, fundamental el vinito y la mermelada de moras. Y llegaron a la casa, que los esperaba en silencio, llena de las luces de la tarde, y comieron sandwiches de jamón crudo, y fumaron marihuana y sacaron las reposeras al deck y se quedaron absortos ante aquel anfiteatro de árboles de todas las especies. En las copas más altas, los palomos cortejaban a las palomas, y cada tanto caía alguna piña, un murmullo de ramas allá arriba seguido por un estruendo seco. Y la luna transparente ya asomaba por encima de la línea irregular del horizonte, todavía muy claro. La naturaleza zumbaba alrededor. Y ellos se daban las gracias, y le hacían reverencias.


Y en esa misma locura se abrigaron y volvieron a salir, dejándose guiar por las mejores visiones del atardecer, según el camino que tomaran. Y ella caía en éxtasis ante cada nueva imagen. Y el tomó una rama y la partió y la usó para reafirmar su masculinidad, abriéndose paso a los golpes entre la maleza. Y ella de pronto le prestó atención, comenzó a aceptarlo como el hombrecito simple y sin dobleces que era, y de a poco se fue plegando a su humor, a su forma de hablar y rematar las frases. Y sintió envidia de su palo y se lo pidió prestado. Y ella usó el palo para trazar surcos en la arena mientras caminaban, saludando a los locales, qué tal buenas tardes con el palo en alto y un gesto de la cabeza, y él que se moría de vergüenza. Y vieron distintos tonos de amarillo que estallaban en las hojas redondas de los árboles del otoño. "Amarillismos", decían, mirá ese amarillismo, nada que ver con el anterior. Ella quería saber a toda costa si eran álamos, él le decía que sí, que eran, aunque no estaba seguro. Y se metieron en terrenos prohibidos, buscando la gran zona de médanos donde decían que se terminaba el mundo, que para ella era como la tierra prometida, y él dudaba de que realmente existiera, aunque no se lo decía.Y llegaron a una altura por encima de la línea de la vegetación desde donde la luna ya se veía casi completa. Y ella lo usó a él como trípode humano, apoyando la cámara sobre su hombro, ordenándole que se quedara muy quieto. Y era gracioso porque los dos sabían que la foto iba a salir movida lo mismo. Y él, que sabía algo de fotografía, intentó hacer unas tomas que en definitiva quedaban iguales a las de ella, que no sabía nada. Como se nota que vos sabés, le decía ella, ansiosa, mientras pasaba rápido las fotos en el pequeño display de la cámara.


Y volvieron muertos de frío, y se comieron todo, sobre todo ella, y se tiraron a leer. Y él le acercó una manta de alpaca boliviana, y levantaba la vista de su libro a cada rato y volvía a avivar el fuego del hogar, sólo para ver cómo ella se retorcía cuando el aire caliente soplaba dentro del tubo de la chimenea, haciéndolo sonar como un tornado. A ella le gustaba observarlo en esas tareas. Marcaba la página, cerraba el libro, y se dedicaba a inventarlo en su mente. Y charlaron, y cocinaron juntos una receta que improvisaban sobre la marcha, y descorcharon el vino y él picó queso en cuadraditos perfectos. Y pusieron discos de Prince y cantaron juntos, y después, él le hizo escuchar algo pensando que a ella le iba a gustar, que la iba a hacer bailar, y que ella en cambio, definió como "música de telo".


Y ninguno de los dos quería que ese primer día se terminara jamás, entonces volvieron a salir a la medianoche. Y atravezaron el médano que daba a la playa trepando sobre sus propias huellas de la tarde. Y ahora la playa era un paisaje intergaláctico bajo esa luna llena que proyectaba sus sombras y hacía brillar la espuma de las olas. Y ella mojó sus pies en esa luna líquida que corría sobre la orilla. Y se abrazaron. Y compartieron largos silencios, como lo había hecho durante todo el día. Y allá lejos venían los nabos nocturnos, que eran mucho peores que los otros. Las lucecitas en el horizonte no llegaban más, y no se sabía muy bien por dónde irían a pasar, ni cuántos eran, y ese no-saber era todo un ejercicio mental. Un fastidio. Y ella desanudó la chalina que llevaba al cuello y la hizo volar para marcar su posición frente a los nabos que se acercaban a toda marcha. Y así pasaron, veloces, entre los dos. Y en la exitación del peligro, él la vio iluminada en contraluz por los focos de los cuatriciclos, desplegando la tela transparente que flameaba en cámara lenta. Había algo en ella que a él lo conmovía profundamente. Quizás era la forma en que ella pasaba por este mundo, transformándolo todo a su alrededor. Y volvieron a estar solos y ella tuvo frío, y él tuvo ganas de besarla, pero no lo hizo. Sobre la arena virgen, al reparo del viento helado, observaron la vía láctea y comentaron lo loco que era todo. Y volvieron a fumar marihuana y él le habló de una película sobre viajes espaciales que había visto hace poco. Y ella quiso saber más. Y él se la contó entera. Y hablaba muy rápido y gesticulaba, necesitaba contar con todo el cuerpo, el relato se lo pedía, y hacía pausas y se desviaba en momentos clave y ella abría mucho los ojos, se le acababa la paciencia y lo apuraba para saber más y más. Y se rieron y a la risa le siguió un silencio, sabés contar muy bien, dijo ella, y luego un silencio más. Y hablaron de otras cosas, y volvieron a la casa, agotados pero felices. Y por más que la tuviera durmiendo en la habitación de al lado, en esa primera noche, él soñó con ella.


Y ella se levantaba temprano, antes que él, y lavaba los platos y levantaba las cortinas de esa casa que era como una caja de cristal en el medio del bosque. Era otro día espléndido y ella se esmeraba por ser generosa, tolerante y receptiva ante los gestos de él. Tenía problemas con la idea de recibir sin sentir el imperativo de tener que dar algo a cambio. Y todavía quedaban dos días por delante. Mientras calentaba el agua, espantaba los malos pensamientos con el trapo repasador. Hasta ahora venía bien, aunque por momentos era débil ante a los recuerdos. Y cerca del mediodía aparecía él, recién bañado y tan elegante como en la ciudad, y la encontraba al sol, sentada en una de las dos reposeras, esperándolo con el mate. Ella le dedicaba una sonrisa pícara, qué perfumado, le decía acentuando las palabras que remataba con un suspiro. Y le ofrecía la mejilla, con gracia aristocrática. Y él se la besaba delicadamente y la adoraba con ese jogging que era el mismo del día anterior, manchado de una sustancia indescifrable. Y él preparó tostadas y ella desayunó por segunda vez, y comentaron los párrafos que él había subrayado en la novela que leía, y que ella había tomado prestada. Volvieron cada uno a lo suyo y ya entrada la tarde el sol quemaba y ella volvió a quedarse en culotte. Y así se paseaba por el deck a la vista de los obreros que trabajaban en una casa a 30 ó 40 metros dentro del bosque, que la pispeaban a los lejos, ocultándose entre los árboles. Y comenzó su rutina de ejercicios de elongación, y él tenía la imagen de ella sobre la toalla apenas por encima el margen superior de la página. Y así la observó un rato hasta que ella lo invitó a ejercitarse, e inventaron posiciones conjuntas, y se midieron en fuerza tirando uno del otro. Y luego, por indicación de ella, él se tomó de la baranda y estiró los brazos. Ella apretaba los pechos contra la espalda de él, recorriendo con las manos el volumen de sus bíceps, para ayudarlo a estirar. Tenés fuerza y buenos músculos, ¿hacés fierros? le decía, y él sentía que por dentro se despertaba un yeti milenario. Y la midió, y la midió, y ella daba vueltas a su alrededor, conciente de su mirada, liviana como una gacela. Y cuando la tuvo a tiro avanzó y la tomó de la cintura. Se le impuso, la enlazó con un solo brazo. Y ella lo miró incrédula y él quiso besarla y ella le dió vuelta la cara y se escapó, y él avanzó otro paso y la volvió a agarrar. Ésta vez con ambos brazos y más fuerte que antes, y ella sintió su fuerza y ya no se pudo zafar, aunque lo intentaba. Y él le mordió los hombros y los brazos, y ella quebraba la cintura y dejaba caer la cabeza hacia atrás, anhelante, y él sentía como el cuerpo de ella se aflojaba, y buscaba su boca y ella le ofrecía el cuello y él lo recorría con la lengua y ella trataba de librarse, pero ya ni ella se lo creía. Y él la soltaba y ella volvía a alejarse, luego él la tomaba de la mano y la tironeaba y ella se dejaba tironear, elástica. Y él sentía cómo su cuerpo se hacía grande y la abarcaba toda en su abrazo, y ella se sentía cada vez más pequeña y dócil. Le gustaba que la dominen. Y se besaron lindo, y ensayaron un paso de baile a la vista de los obreros que habían abandonado el asado y ahora se dedicaban a mirar el magnífico trasero de ella. Y él la hacía reír y aprovechaba cada distracción para darle otro beso que ella ya no rechazaba, sino por el contrario. Y él fue hábil con las manos, y la dejó a punto caramelo y la llevó a su habitación, o mas bien ella lo llevó a él. Y adiós culotte. A la luz de la tarde, sobre la colcha de plumas, él se ahogó en el vello desordenado que ella en vano se había empeñado en esconder.


Y más tarde, en la playa, ella estuvo rara. Las nubes cambiaron como había cambiado ella. Ya no hacía tanto frío. Caminaban a varios metros de distancia, ella llevaba el mate y él juntaba piedras chatas que arrojaba con fuerza, haciéndolas rebotar de plano sobre las olas. Una, dos, tres, cuatro veces, antes de hundirse. Luego de cada éxito, él fingía no registrar su mirada. Entonces ella corría hacia él, tomaba una piedra y la arrojaba con una torpeza encantadora, sin soltar el mate. El misil no lograba alcanzar el agua, ella le restaba importancia y retomaba el paso. Y ya se hacía de noche, y ella tomó un palo y escribió un nombre sobre la orilla. Y después le zapateó encima, arrojó el palo y siguió caminando. Y él se apuró para ver el nombre, justo en el momento en que se lo llevaba la marea.


Y a la noche, ella estaba ansiosa. Cocinaron platos vegetarianos, y ella daba las indicaciones como si fuera un programa de cocina, y él quiso usar aceto para un fondo de cocción y a ella no le gustó ni medio. Pero recordó su promesa de la mañana, y lo dejó. Fita pasó a saludar como lo hacía todas las noches antes de volver con su verdadera familia, y lo único que ligó fue una rodaja de berenjena. Comieron a la luz de las estrellas, con velas y música de fondo. Los grillos aturdían, la comida estaba riquísima, pero de todas formas, ella no se privó de mencionar que lo único de la cena que le supo mal, fue el sabor del aceto con las verduras. Él la invitó a dormir en su cama y ella se puso muy nerviosa. Finalmente, aceptó. Apareció en la habitación con un libro y un piyama de seda negro con dibujos chinos, se metió en la cama y se tapó hasta el cuello. Y él salió del baño en short y musculosa, con medias. Y ella comentó que ya parecían un matrimonio, y él le contestó que hacía dos minutos había querido salir rajando y ahora hablaba de matrimonios. Leyeron los dos del mismo libro hasta que ella apagó la luz. Y él la abrazó y le dijo al oído que era una mujer hermosa. Ella le besó la mano, y se durmieron. Y por más que ahora la tuviera durmiendo en la misma cama, él volvió a soñar con ella.


Y despertó y tanteó la cama abierta a su lado. Y le pareció que ella se había levantado muy temprano. El día había amanecido algo a parcialmente nublado. Y a las 19 salía el micro. Bajón. La tarde anterior ella se había olvidado un pañuelo bordó en la habitación. Se duchó, se cambió, y entonces tomó de la mesa de luz el libro que habían leído juntos, cortó unas flores del jardín, las enlazó al libro con el pañuelo, subió y lo dejó sobre la mesa del living. Salió al deck y la encontró donde siempre: estirada de costado sobre la reposera, con el libro del cubano y el mate. Se preparó el desayuno, y ella le pidió una tostada, y a cambio, él le pidió un beso. Ella se lo dio. Y después, ella le pidió un minuto más de microondas para el café. Y a cambio, él le pidió otro beso. Y ella se lo dio. Y luego quiso otra tostada, pero dejá que me la preparo yo, acá te cobran todo, dijo, y se levantó. Y de camino al baño vio el libro, el moño y las flores, y en eso él levantó la vista y la descubrió mirándolo. Ella lo dejó sobre la mesa, sin decir nada.


Y fluyeron a través de ese último día en silencios cada vez más largos. Caminaron más lejos que nunca y llegaron hasta la tierra prometida, de enormes médanos vírgenes. Y a lo lejos, se oía el rugir de motores de los nabos. Claro, para los nabos, ese era el paraíso. Y vieron que los surcos que diseñaba el viento sobre la arena celeste de la tarde eran espejo de los surcos de nubes que se cerraban, oscuras. Ella quiso trepar hasta lo más alto, y él la siguió. Y después ella ya no supo decidir qué quería hacer. Y descansó la cabeza sobre el regazo de él. Y él le acariciaba el pelo. Y volvieron a besarse. Y cayeron algunas gotas.


Y en el taxi hasta la terminal, ella se comía las uñas. Y él le tomaba la mano, pero ella no se relajaba. Y mientras esperaban el micro, miraron las fotos en el pequeño display de la cámara. Yo salí horrible en todas, decía ella. Si vos sos hermosa, pensaba él. Y ya el micro llevaba andando un par de horas, viajaban en el primer asiento del piso de arriba, tenían toda la ruta para ellos. Y se reían, y se contaban intimidades, anécdotas de viajes, y todos alrededor los oían, y ella le preguntaba por sus mujeres, y él le contaba de sus levantes. Pero no le preguntaba por los suyos. Y a ella, él le resultaba un chamuyero, y le gustaba que fuera así. Y él seguía hablando y ella se hacía la tonta, y lo imitaba en todos sus mohínes, y lo hacía muy bien. Y en un momento, él cometió la torpeza de hablarle de amor. Y ella se crispó de golpe, y lo fulminó con la mirada. Como si hubiera dicho una barbaridad. Yo nunca me voy a enamorar de vos, le contestó, furiosa. Y él balbuceó algo que ni él mismo llegó a comprender. Y miraron hacia delante, durante unos cuantos kilómetros, en silencio. Hasta que ella, exagerando en su amabilidad, le pidió el iPod. Él se lo entregó sin mirarla. Y ella giró la ruedita, y la ruedita giraba como la ruedita de un hamster. Buscaba alguna música que la ayudara a dormir. Encontró a Richard Hawley. Y se durmieron los dos. Y así, él soñó con ella una vez más.


Y en el sueño, ella era un hermoso pez dorado que habitaba la profunda oscuridad de un lago perdido cerca del cielo, en lo alto de alguna vaga geografía imaginaria. El agua era de color verde esmeralda, y el lecho era de piedra y huesos humanos. Y ella, el Pez, era un ejemplar único, un eslabón perdido, carnoso y largo como un hombre de pié. Cuando saltaba sobre las olas, vanidoso se revolvía dejando ver su magnífico lomo de gruesas escamas translúcidas, aceitosas y duras como vidrio, con brillos que tintineaban bajo ese sol incierto, opaco como los soles de los sueños. Tenía bigotes largos y vivaces, gruesos como un dedo meñique. Los usaba enérgicamente para matar a sus presas, como tentáculos que acertaban violentas estocadas que iban a dar, casi siempre, al corazón. En las puntas tenían un veneno que, al penetrar la carne, despedía un perfume exquisito que salía por los poros de la víctima. Y así moría, envuelta en una lenta agonía perfumada, mientras el Pez bailaba a su alrededor, en ondas líquidas que acunaban el cuerpo moribundo. Había aprendido a alimentarse de su propia soledad, y ya casi nunca mataba para comer. Sólo a veces lo hacía por puro placer. O cuando sentía miedo. Y, como ya se había comido a casi todos los demás peces del lago, prefería hacerse amigo de los pocos que quedaban. Para no sentirse tan solo. Y los dejaba acercarse, sobre todo cuando estaba triste. Pero siempre manteniendo una distancia, para no sentirse inseguro y querer atacarlos. Y los otros peces se rendían a su belleza. Y jugaban juntos, o él bailaba para ellos, o pegaba saltos dobles y triples, o hacía gárgaras que despedían nubes de burbujas que hacían cosquillas a los nuevos amigos. Y, una vez que se sentía seguro, les cantaba. Le gustaba cantar para audiencias reducidas. Pero más gustaba de cantar para sí mismo. Cantaba extrañas melodías amnióticas, con una voz tan dulce que dejaba a todos embobados. Y ahí si, quizás aprovechaba y se comía a alguno. Dependiendo de su humor. Si no, desparecía durante semanas, perdiéndose en la oscuridad.


Y él, el que soñaba, se vio a sí mismo desde afuera, y era ese pescador que había arrastrado el bote cuesta arriba tirando de una soga deshilachada. Se había cortado los pies con las rocas afiladas y las ramas, que parecían vivas, le mordían los tobillos como si tuvieran dientes. Aunque él no sentía dolor, ni tampoco veía las heridas. Y ahora, bajo ese mismo cielo violeta, llevaba la embarcación hacia el agua, que moría en ondas tenues sobre la costa de piedras redondas. Había oído de aquél pez enorme que cantaba, que había desayunado seres humanos y masticado botes y barcos pequeños. ¿O lo había soñado en otro sueño? Remó hasta el medio del lago y ahí se quedó, inmóvil y en silencio, como todo alrededor. Esperando.


Y esperó un buen rato. Y algo se movió a lo lejos, a sus espaldas, y hubo un sonido y luego una serie de círculos que se expandieron sobre el agua. El último llegó a mecer el bote. Y nada más. Por momentos el Pescador en el lago era él mismo, el que soñaba, por momentos era sólo un espectador que veía desde algún lugar no determinado. La luz era imprecisa, el paisaje difuso, ya no sabía si era de noche o de día. Se había distraído en esto, cuando de pronto, vio el lomo fosforescente que pasaba por debajo del casco. Estiró el brazo para tocarlo y el bote se balanceó. Era enorme. Lo vio salir del otro lado y volver a desaparecer. El agua se calmó hasta que el tiempo volvió a quedar en suspenso. Y ahí lo oyó cantar. Al principió pensó que el canto venía desde dentro de sí mismo, como un recuerdo de la infancia. O de otra vida. La vida de ese otro. Luego, la luna iluminó la boca de labios gruesos que ondulaban. Los ojos saltones apenas salían del agua. Y lo miraban, muy tristes. Y el pescador le sonrió, no podía resistirse a esa mirada, a ese brillo tan hermoso, al color de esa piel que parecía tan suave y escurridiza. Haces lunares punteaban el agua alrededor del Pez, que se iba acercando. Y que también parecía sonreír. Se movía rítmicamente, giraba sobre si mismo, nadaba más rápido y luego más lento. Bailaba para él. Y el Pescador apoyó los codos en el borde y así se quedó, con el mentón sobre los puños, escuchándolo. Y, mientras el Pez cantaba, él le habló de los momentos más felices de su vida, una vida ajena por completo a la de él, el que soñaba. Le habló de los rudimentos básicos de la pesca, eludiendo los detalles escabrosos que pudieran dañar la sensibilidad del Pez. Le habló de las mujeres de las que se se había enamorado, las describió y comparó unas con otras. Y se acordó de ella. Y se vio confundido. La sintió muy cerca, y la buscó entre la bruma que venía desde todas direcciones. Quiso armar una idea y no pudo. Y el Pez ya se había quedado al lado del bote, parecía a gusto, dejándose mecer por su propia canción. Y él, el Pescador, fue perdiendo el hilo de lo que estaba diciendo, y el pez dejó de cantar y lo observó. Estaban muy cerca. Sin pensar, el Pescador se inclinó fuera del bote y estiró el brazo hasta tocar el lomo de escamas líquidas, apenas con la yema de un dedo. El Pez se estremeció, chilló y se revolvío sobre si mismo en un espasmo de aguas, con los ojos fuera de las órbitas. Y dio saltos, y golpeó el agua con la cola, y de un coletazo casi dio vuelta el bote. Y luego, se sumergió. Un remo cayó al agua, y cuando el Pescador se estiró a recogerlo, tuvo la boca del pez muy cerca de la cara. Los bigotes envenenados fueron una seguidilla de 8 arponazos limpios que, inevitablemente, fueron a dar casi todos al mismo lugar del cuerpo del Pescador.




Junio de 2009














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1 comentario:

  1. Sensacional; podés hacer dos cuentos distintos del mismo, pero es imposible no encontrar la relación entre los dos.
    Martín Cala

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