lunes, 25 de julio de 2011

Tres Bocas





Flotando en la colchoneta, desde abajo veo flecos de sol entre las hojas del sauce, que llora sobre mí. Las ramas tocan el agua, agarro una y siento cómo la corriente empuja, mansa, queriendo llevarme de vuelta al muelle. La rama se estira hasta que me suelto, y me voy yendo, aleteo con un solo brazo y empiezo a girar. Sigo girando con los ojos cerrados, y ahora, en vez de ser yo la que se mueve, es la tarde la que da vueltas a mi alrededor. El sol, el perrito que me ladra, las chicharras, las voces y el tintineo de los cubiertos en el muelle de enfrente: todo se funde. Aflojo las tiras de la bikini, abro un ojo y veo a Fabi sentada en el borde, allá arriba. Se hace sombra con una mano, suspira y sonríe satisfecha. Tiene los párpados bajos y me mira como si hubiera comprobado algo. Como si esta imagen de mí, girando distraída en el agua, fuera la imagen poética que ella imaginó. Fabi insistió para que viniera nadando hasta el sauce, me explicó su técnica para arrojarse de panza a la colchoneta sin meter los pies en el barro apestoso del fondo. Sugirió que intentara lo de la rama, soltarse y dejarse llevar, todo eso. Al principio dije que no, gracias, estoy medio borracha y sólo quiero flotar. Hizo un silencio y volvió a insistir, quería convencerme de que en realidad era yo la que tenía muchas ganas de hacerlo. Le di el gusto, como siempre; fingiendo que me daba lo mismo. Y mientras nadaba la veía acompañarme desde la orilla, caminando a la par de la colchoneta, abanicándose con el sombrerito celeste. Ahora se levanta, me saluda con una mano y se va. Vuelve para la casa, dice que el sol está muy fuerte.
Estoy haciendo malabares en el muelle para no tocar el barro del fondo, y me llega la conversación de las chicas, en tonos agudos que serpentean. Subo la escalera chorreando agua y dejo la colchoneta al sol contra la ligustrina. Cuando aparezco, la conversación entra en tiempo muerto para cambiar el switch hacia temas más generales. Las chicas me miran de reojo y se sonríen. Me escurro el agua del pelo y recibo el reto de Fabi, que señala las marcas de la bikini en mi espalda. Me lanza el protector sin avisar y reacciono atrapándolo en el aire. En eso veo que me quedé sin reposera. Arriba, contra el cielo, las copas de los árboles más altos apenas se mueven. Como si observara lo mismo que yo, Fabi comenta que en invierno el soplido del viento en las ramas la pone triste. Soledad baja de la casa con otra vuelta de Campari y pomelo; mueve la bandeja en el aire y me la enchufa adelante. ¿Otro?, sonríe. Ya me tomé tres, o cuatro, me excuso. Dale, está suavecito, insiste. Tengo protector en los dedos, y se pone impaciente. Termina agarrando uno y me lo entrega, guiña un ojo, y dice que en la mesita hay pan con queso azul. 
Desde el agua veo pasar caminando a un grupo de yanquis, que me lanzan miradas fugaces, impasibles, como si yo fuera algo autóctono, apenas una parte móvil de la naturaleza. Van como si les diera lo mismo el Tigre, Caminito o el Obelisco. El ecosistema entero se detiene, una nube zumbante de bichos se abre en dos para dejarlos pasar con su griterío. El perrito de antes olfatea el aire, que todavía se mueve, y sale del fondo de la siesta a chumbar. Me impulso con los brazos y la colchoneta avanza a la par ellos. Pataleo fuerte, alborotando el agua para llamar su atención. Uno de los chicos se da vuelta y me mira con curiosidad. Es muy rubio, o pelirrojo, dice algo que no entiendo, y me saca una foto.

***

Lo amargo del pomelo cae por mi garganta. Ana va relajándose de a poco sobre la manta prolijamente extendida. Toma tragos cortos y sonríe detrás de unos Ray-Ban espejados, tipo Top Gun. Hoy se pintó las uñas de los pies de color rojo cereza. Se ve que está contenta. La sonrisa de Itatí me reconforta, parece atrapar la vida en el movimiento de sus manos. Repito su nombre para mí misma, con acento del litorial: Iii, taaa, tíiii... El pelo largo y negro, en hebras, y el tono oscuro de su piel me hacen pensar en tierra colorada, en una selva fresca, sombreada, tranquila. Con su vocecita cuenta cómo va creciendo la panza, y se fastidia cuando relata que todo el mundo la previene sobre ésto y sobre aquéllo. Dolores, molestias, peligros, precauciones. Se queja de que ahora todos son expertos, y nos reímos con ella. Par hacerse problemas todavía hay tiempo, dice, ya se verá; por ahora es todo disfrute. Cuando termina de hablar, sin darnos cuenta todas estamos diciendo que sí con la cabeza. Itatí sabe, Itatí entiende.
Dos viejitos encorvados inician una larga maniobra para bajar a un bote de remo. Parecen hermanos, los cuerpos están como caídos, pero en buena forma: fibrosos y muy bronceados. La piel hace juego con el barniz gastado del casco. Uno se sienta en el banco móvil, y se afirma a los remos con un jadeo suave. La madera cruje, y el otro da las indicaciones para salir al Sarmiento. Impulso la colchoneta hacia un costado para que puedan girar; el bote es largo y mueve el agua en ondas lentas, que me balancean. Cuando se están yendo, el que rema me saluda con un despiste simpático. Inclina la cabeza, como si yo fuera otra embarcación. El otro no hace ningún gesto, sólo comenta que el río está bajando.
El cuerpo de Ana se tensa en cada movimiento. Está muy concentrada y se anticipa a todos mis golpes, súper atenta a la pelotita roja. Es como si cada jugada sucediera primero en su mente. Veo mi brazo surcar el aire como un reflejo de otra época. El cuerpo tiene memoria, pienso, mientras le doy efecto a un revés, con la muñeca bien firme. Ana se adelanta y la pelotita no llega a tocar el pasto. Por el costado del ojo percibo que las chicas dejaron de hablar, dieron vuelta las reposeras y ahora las cabecitas siguen cada punto. Desde algún lado llega el eco de voces jugando en el agua. Ana sacude un derechazo y me estiro en el aire, en un aspaviento heroico. Mientras caigo, la pelotita se pierde en la ligustrina de atrás. Pedimos permiso y la buscamos en la casa de al lado, entre pilas de leña húmeda. En mi mente veo la imagen de la pelotita, revelándose en un hueco oscuro, entre telarañas, como si estuviera haciéndonos un chiste. Seguro que Ana y yo la perdonaríamos, para poder seguir jugando. Por favor, por favor, aparecé. Aunque las chicas nos ayudan a buscar, no va a aparecer nunca más. Fue demasiado corto, nos quedamos un poco tristes.

***

El último rayo de la tarde se derrite en el hielo de mi trago, y me lo tomo de un solo envión. Acompañamos a Itatí a tomarse la lancha colectiva en Tres Bocas. Tres Bocas, recuerden: Muá, Muá, Muá, decía Fabi en el mail con las indicaciones para llegar. Una por una vamos besando y abrazando a Itatí, que nos dedica una sonrisa final de dientes grandes y blancos. A coro le deseamos lo mejor para la panza, nos estamos viendo en marzo, dice. El marinero le extiende una mano firme, e Itatí estira la pierna divertidamente. La lancha se separa del muelle y seguimos viéndola por la ventana; ya está distraída en cualquier cosa. Con Itatí se va un poco de nosotras, de las que fuimos en este día. La vida sigue, dentro de ella.
Soledad decreta que habrá una última ronda de Campari antes de la actividad propuesta por Fabi: salir a explorar la selva. Fabi pasa revista a nuestro calzado, y nos advierte que el camino será difícil. Descubre mis ojotas y hace un gesto negativo, como diciendo: yo no… Bordeando la isla pasamos por casitas sencillas, pero lindas. La gente descansa en los jardines, espantándose los mosquitos, o aprovecha para hacer algún arreglo. La mayoría son artistas, y aunque varios sólo alquilan por los fines de semana, ya hay un vínculo como de exiliados. Buenaass, dice Fabi, que conoce a todo el mundo, o más bien todos la conocen a ella, y le devuelven el saludo con alegría. Hay un clima expectante, como de fiesta: esta noche actúa una banda de fox-trot en El Hornero, la parrilla que queda pasando el puente de Tres Bocas. Todos quieren saber si Fabi asistirá. Ella va repitiendo que es muy posible, y por lo bajo nos desliza la invitación para que la acompañemos. Las chicas responden que sí de una, yo pregunto qué es el fox-trot, para hacerme la graciosa. Pero nadie me contesta. Seguimos caminando y después, como una guía de turismo súper animada, Fabi nos indica qué mirar. Nos detenemos frente a una población de plantas alienígenas: un cúmulo de flores de color lila, que parecen copos de arroz inflado, grandes como una pelota de vóley. Fabi nos explica que durante el día la luz directa las vuelve blancas, y a la tardecita recuperan ese color lavanda. Ana y Soledad no paran de sacar fotos. Fabi sentencia que es en vano intentar atrapar tanta belleza en una imagen, y retoma la marcha. Las chicas revisan el display de sus cámaras, un poco desencantadas.
Las casas van desapareciendo. Cruzamos un cauce seco, haciendo equilibrio sobre un tronco tambaleante. A partir de ahí tenemos que seguir un sendero que de a ratos se hace invisible. La fila se va abriendo, los árboles se cierran, la luz ya casi no entra en esta atmósfera húmeda, palpitante. Voy última y me concentro en los talones de Ana, hasta que la pierdo. Me orientan el sonido de ramas quebrándose adelante, y los gritos de nuestra líder, que pregunta quién tiene el Off. Esquivo bichos grandes que vuelan directo a los ojos y zumban en los oídos. Hay un olor espeso en el aire. Como si algo estuviera pudriéndose, algo muy vivo latiendo por lo bajo. Vuelvo a encontrar a Ana en el próximo tronco flojo. Me está esperando; pregunta si estoy bien y digo que sí, pero en realidad no sé. Ana cruza y me quedo confundida: estoy acá pero a la vez no. Los ojos me pesan, estoy separada de mí. Cerca del piso flotan malos pensamientos, que empiezan a subir, como una bruma lenta. Burbujean como demonios en los charcos de agua estancada. ¿Me estoy enamorando? Cruzo el tronco haciendo equilibrio, como si caminara al borde de mi mente. Sigo avanzando hacia donde creo escuchar que vienen las voces. Las ramas son como manos deformes que me lastiman los brazos, las ojotas se traban en los tallos secos. Levanto la vista, y de pronto, el culo floreado de Ana es una imagen salvadora. Veo la luz al final del túnel. Aire, casas, y más allá, Fabi y Soledad, que ya descansan en una especie de mirador que da al río Sarmiento. Hay otra isla al fondo, justo debajo de una gran nube naranja, que se refleja en el agua. Me acerco a la baranda y veo gente haciendo deportes acuáticos. Me reconforta el ruido espumoso de un jet ski.

***

Bajo las ramas de esta acacia gigante se teje un cielo de lucecitas de colores, que cubre todo el patio. El clima es relajado; entre las mesas fluyen las conversaciones, todos se ven frescos, lustrosos, impecables. Los perfumes se mezclan en el aire. Todos quieren cruzar una palabra con Fabi, algunos se acercan, otros le hablan desde lejos. A Fabi le gusta, pero se aburre pronto, como con todo. Pedimos cerveza bien fría. Cuando servimos, la espuma se vuelca y brindamos por el año que empieza. La moza avanza entre las mesas llevando platos de carne asada, y un halo exquisito se tiende sobre nosotras. Fabi se activa y busca mi complicidad para pedir un choripán, que ni bien llega devoramos con alegría. Ana y Soledad van a compartir una porción de papas fritas. Sole consulta al grupo y pide más cerveza. Masticando el último bocado, Fabi me busca con la mirada. ¿Otro chori o una hamburguesa completa? Me entusiasmo con lo segundo, para probar, digo, y automáticamente el dedo de Fabi encuentra a la chica. Al rato, cuando nos dejan la hamburguesa adelante, se frota las manos, relamiéndose. Cuando ya no queda nada, sólo migas y gotas de grasa, nos quedamos mirando los platos de plástico. Ana y Soledad charlan y se ríen exageradamente. Fabi cree leer una nota oscura en mi cara. Duda. ¿Estaba medio seca, no?, pregunta. ¿Sabés que sí?, le confirmo. Alunada, empuja el plato hacia adelante y se tira para atrás. Pucha, hubiéramos pedido otro chori.
De a poco voy quedando al margen de la conversación. Todas estamos un poco cansadas, o aburridas, y empezamos a discutir por pavadas. Se está haciendo tarde, y a un costado del escenario la famosa banda recién prueba sonido. Soledad me invita a liquidar el resto de cerveza y digo que no, gracias. Tengo una nube de gas en el cerebro. Me levanto sin decir nada, las tres hacen una pequeña pausa y después siguen hablando. Cruzo el límite de la atmósfera animada, hasta donde algunos vienen a fumar. Salgo a caminar bajo las luces de los muelles, separados por intervalos de oscuridad. El agua está planchada, fosforescente. Encuentro un muelle sin luz, con un banco largo, y me recuesto con las manos detrás de la cabeza. Lo otro sigue pasando, lejos, en algún lado, como un recuerdo. El presente ahora es esto. El agua mueve un bote ahí abajo, que repite un golpe seco contra la escalera. Pasa una lancha y todo se agita. El bote golpea más fuerte y las olas burbujean entre los juncos. Adivino una luna muy brillante, la luz se filtra entre las ramas que la cubren. Detecto toda una constelación de ruiditos en los árboles de la orilla de enfrente. Empieza a tocar la banda. Es una música alegre, como de jazz antiguo, que me hace mover el pie. Un hombre canta en inglés, con una voz que suena dulce, armoniosa, y una guitarra hace punteos delicados. Siento una euforia tenue, que va creciendo. Se suma la voz de una chica que desencuadra un poco todo: desafina bastante. Trato de separarla del resto. Oigo el chancleteo de unos pasos que se acercan. Es Fabi, que me encuentra en la oscuridad. La veo como recién llegada de un viaje en el tiempo. Viene y se desparrama a mis pies en el banco. Doblo las piernas para darle lugar, ella descansa un brazo sobre mis rodillas. Se inclina hacia atrás y suspira. Me estiro para tocarle el pelo, pero no llego. ¿Viste qué linda música?, le comento. Divina, dice, mirando el cielo. Aunque ella desafina un poco, apunta, moviendo una pierna al ritmo. Pero él tiene una voz preciosa, digo. Si, él tiene una voz preciosa, contesta, y vuelve a suspirar. Estamos en una película de Woody Allen, digo al rato, como pensando en voz alta. Fabi larga una carcajada y se levanta de golpe. Qué comentario más chongo, observa, se sigue riendo y me contagia. Después, me comunica que en realidad vino para preguntarme si estoy de acuerdo en llamar una lancha taxi para las once. Me parece perfecto. Muy bien, responde, con un saludo de marinero a capitán, y se va dando saltitos. Al rato vuelve a aparecer: me olvidé de pedirte los veinte pesos, tu parte de la cuenta. Veinte pesos, pienso, qué barato, y se los doy.

***

Voy con la nuca en el aire, el pelo volando fuera de borda. La luna viaja a través de la noche clara, y una estela de planetas la siguen, como gansitos a una mamá gansa estelar. Vamos dejando un surco de espuma plateada, que mueve los juncos de la orilla. En silencio, y quizás sin saberlo, Ana, Soledad y yo estamos viviendo un momento íntimo, de conexión espiritual. Soledad ahora hace equilibrio peligrosamente acostada en el borde, con los brazos abiertos, tarareando un tema de cumbia. Ana trata de aguantarse pero no puede; tené cuidado querés, la reta. No se peleen, se divierte el comandante desde la cabinita. Creo que le caímos bien de entrada. Ya se reía mientras ayudaba a las chicas a embarcar, a medida que Fabi se iba despidiendo de cada una. Yo quedé para lo último, y cuando la abracé, fuerte, en la oscuridad pude ver que le brillaban los ojos. Creo que a mí también.
Gracias por todo, dije. 
Y salté a la lancha.


Febrero de 2011.













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viernes, 27 de mayo de 2011

Excuse me, sir




Yo estaba sentado sobre una piedra enorme y redonda, en la orilla del lago más grande del Central Park. De tanto ir, la piedra ya era un poco mía. Desde ese lugar me quedaba mirando el bosque compacto contra los edificios, que empezaban a iluminarse, y el duplicado perfecto en el agua, suave como una bandeja de plata. Era fin de febrero, el invierno se iba de Nueva York, y ante mis ojos la noche bajaba en degradé. La ciudad zumbaba a lo lejos. Distraído con la postal, se me ocurrió pensar en que el olor de cada país es distinto. De repente escuché algo, como un jadeo. El eco llegaba a través de la superficie del agua. Era una respiración fuerte, seca, animal. Afiné la vista, y allá lejos, las últimas luces definieron la imagen de un hombre, que lanzaba enérgicamente una pelota desde la orilla hasta el centro del lago. Un perro flaco, ágil, de pelo largo casi naranja, se zambullía atolondrado, y nadaba con la cabecita apenas fuera del agua, dejando una estela muy fina. El hombre volvió a lanzar la pelota varias veces, y cada vez la mandaba más lejos. Cuanto más tenía que nadar, más exagerada era la fiesta que hacía el perro cuando volvía a entregársela al amo en la orilla. Yo estaba fascinado. El tipo se dio cuenta, y cuando me vio, fue torciendo la dirección de la bola hacia mi lado. Cuando la tuve ahí nomás, flotando, esperé ansioso a que el perro viniera hacia mí. Llegó sonriente y con la lengua afuera. Los perros siempre parecen sonreir cuando vienen con la lengua afuera. Me estiré hasta el agua para tocarle la cabeza, y en los pelos aplastados le hice un peinado punk. Cazó la bola de un tarascón, dio media vuelta y volvió nadando.




Me chistaron desde atrás. Me di vuelta y vi a Katia y a Miguel, que me miraban, extrañados. Estaba tan contento que bajé mi piedra de un salto. Le di una trompada suave en el hombro a Mike, él hizo lo mismo, pero sin demasiado énfasis. Katia tiritaba con la bufanda hasta las orejas, y por las caras me di cuenta de que habían fracasado en el intento de conseguir dónde coger. "¿Loco, la gente no va al telo acá?", rezongó ella estrujando el brazo de él, mientras se distraía con la panorámica. No existían los telos, habían estado averiguando en algunos hoteles y todos eran carísimos. Para hacerme el gracioso pregunté si habían probado en los arbustos, o en alguno de esos túneles que hay en el parque. Casi era de noche y ya no andaba nadie. Maicol comentó que ya lo había pensado, pero la que no quiso fue ella. Katia le clavó la vista en un mini arranque de furia. "Se ve que tenía miedo de que le entrara algún bicho por el tujes", siguió él, divertido, y ella le aplicó un rodillazo en la pierna.




Miguel y yo hicimos la carrera de diseño en la Universidad en Buenos Aires. Al tiempo empecé a decirle Mike y cuando hubo más cariño, Maicol. Juntos se potenciaba nuestra estupidez individual. Nos reíamos tanto que a veces alguno de los dos tenía que irse lejos. Lo peor era cuando nos atacaba "la risa muda": se nos trababa la mandíbula, nos quedábamos sin aire y terminábamos con un dolor tremendo en el pecho. Una vez en la casa de él tuve que darme un saque con el aparatito que usaba el hermano de Mike para el asma. Maicol era ocurrente, entrador, y cuando se reía, la piel de la frente se le ponía muy roja, la boca se le iba para todos lados, y los ojos se le achicaban, como dos bolitas negras y brillantes. Katia y Mike se conocieron en Chakira, un boliche de Palermo que ya no existe; íbamos siempre a bailar música disco y Hip Hop. Esa noche Maicol cumplía veintidós años, y se le había dado por usar una túnica blanca y larga hasta el piso, onda Alan Faena. Katia siempre contaba que se había enamorado al verlo brillar bajo las luces negras, como una lámpara de pie.




Hacía dos semanas que Mike y yo estábamos parando en Queens; saliendo de Manhattan, cruzando el río Hudson. Nuestros amables anfitriones eran Araceli González y su marido Harry. Araceli, una chica de cuarenta, morocha, simpática, y muy sexy, era una prima lejana de mi familia. Yo la había conocido hacía muy poco, en la fiesta de fin de año en Buenos Aires. La atracción de la noche, además de que varios de nosotros recién conocíamos a la prima que vivía en Estados Unidos (y se llamaba igual que una modelo), era la presentación formal de su marido portorriqueño. Harry, un tipo alto de barba rubia y cincuenta y pocos, se había mostrado atento, chispeante y muy afectuoso con todos nosotros. Pero al verlo con su primer medida de whisky pude notar que su mirada brillante se opacaba. En ese momento, al otro lado del living, Araceli parecía notar lo mismo que yo. Dudó un segundo, y siguió conversando con un pariente, como resignada. Rápidamente entré en confianza con Harry, y cuando le comenté a que Mike y yo estábamos por viajar a Nueva York, ahí nomás nos ofreció alojamiento en su casa. Sin consultar ni darle tiempo de reaccionar Araceli, que ya parecía acostumbrada a esos arranques. De entrada me costó aceptar, pero él insistió: "Venga, no vas a andar pagando un hotel, brother".




Cuando Mike y yo volvíamos tarde a Queens, entrábamos sigilosamente para no despertarlos. Pero más de una vez atrás de nosotros caía Harry, caminando torcido, con la cara roja y los ojos inundados. Al vernos trataba de contener la risa, después se ponía en alerta, se espantaba bichos imaginarios y nos hacía el gesto de "silencio". Mike y yo al principio no entendíamos nada, después ya nos quedamos charlando en voz baja con él, y le dábamos agua hasta que se le pasara un poco el pedo. Dormíamos en un sótano equipado como un departamentito, sencillo, pero prolijo. Compartíamos una cama matrimonial, y como a veces volvíamos tan excitados que no teníamos sueño, nos quedábamos comentando las aventuras del día, mientras de fondo sonaba bajito una FM de "Smooth Jazz". A la mañana siguiente nos levantábamos temprano y encontrábamos a Harry en la cocina desayunando con Araceli. Ella todavía estaba media dormida y con los pelos parados. Pero a él se lo veía impecable: la camisa recién planchada, corbata con nudo corazón, perfecto, y el pelo tirante hacia atrás, tomando café negro. Trabajaba en un diario en español como jefe del área comercial. "Coman fruta", decía, y nos guiñaba un ojo de costado.




Katia venía de Londres con sus dos hermanas y una amiga de las tres. Estaban en Nueva York hacía un par de días, nosotros llevábamos dos semanas y nos quedaba una más. Como extrañaba a Mike, Katia convenció a las chicas de cambiar los pasajes y cruzar el Atlántico. Estudiaba diseño de indumentaria, y tenía una figura larga, espigada, como esas muñequitas que bocetan los modistos estrella. Usaba mucho rimmel, tenía el pelo ondulado de un rojo natural y muchas pecas en la cara y en en los brazos. Era torpe, inocente y un poco payasa: hacía muy buenos chistes e imitaciones. Aunque a veces, como era la menor de las tres, se volvía un poco caprichosa. Ni bien pisó el JFK, en una vidriera vio un maniquí que tenía una peluca de color negro azabache, con reflejos azules, de corte carre y flequillo. Entre las cuatro trataron de convencer a la vendedora, que no lograba entender que Katia quería comprar la peluca y no la ropa que exhibía el maniquí. Abrumada, la señora terminó por dejárselas en cuarenta dólares. Y ahí andaba Katy, feliz, con su peluca en la cartera para todos lados. La usaba cuando caía el sol, para cortar el día y sentirse una mujer distinta.




La hermana del medio se llamaba Sonia. Era menudita pero de carácter fuerte. De las tres era la que siempre iba al frente, la que resolvía. En ella había algo felino, una actitud más independiente, y parecía cómoda en un segundo plano detrás de Katia, que siempre la buscaba de cómplice cuando estaba tramando algo. Estudiaba abogacía, era lúcida y elegante. También era muy alegre, aunque por momentos sus ojos claros se oscurecían. Me gustaba pensar que era el único que se daba cuenta de eso. En Buenos Aires habíamos estado intercambiando algunos besos, pero ella tenía novio y se empeñaba en mantenerme a raya. La esperé ansioso cuando supe que venían a reunirse con nosotros. Dánica, la más grande, era el contrapeso ideal a la gracia liviana de las otras dos. Una amarga total. Vivía pendiente del novio, que seguramente la pasaba regio en Buenos Aires, feliz de habérsela sacado de encima por un tiempo. La respuesta natural de Dánica a sus hermanas siempre era un "No". Como era la mayor, esa amargura resultaba útil para contener los desbordes de las otras dos. La cuarta era Violeta. Delicada, de piel muy blanca y pelo negro, largo y lacio. Bonita, pero más tímida o formal que las otras, que estudiaba danzas clásicas, bailaba tango y trabajaba como traductora freelance. Hablaba un inglés flemático, abierto, y cuando lo hacía, su voz se proyectaba hacia adelante. Por eso las chicas le decían Violet, usando una voz grave. Fue un alivio para Mike y yo: cuando llegaron, se convirtió en la traductora oficial del grupo.




Hacía frío. Casi al unísono, Katia, Maicol y yo nos subimos los cuellos de los abrigos. Salimos del central Park y cruzamos la Quinta Avenida hasta Lexington, desde ahí bajamos hasta la 59 St. Habíamos coordinado con las chicas para encontrarnos a las siete en el Village. Tomamos el subte de la línea verde hasta Astor Place, desde ahí caminamos por el Bowery hasta la calle 7, donde quedaba el Caffe Della Pace. A Maicol y a mí nos había gustado esa onda bohemia. Había sillones bajos y gastados para hundirse, calorcito, revistas viejas, pilas de libros y camareras de distintas nacionalidades. Servían unos capuccinos riquísimos, enormes, de espuma compacta y bien alta. Cuando invitamos a las chicas les encantó. Terminamos adoptándolo como lugar de encuentro para planificar cómo seguían las noches. ¿Vamos al Apache? decía Maicol. En los días en que el sol entibiaba las veredas del Village, la gente salía a pasear sus looks. Rastas, punks, mods, ravers, new romantics. En cada cuadra había una disquería con olor a alfombra mojada, podíamos pasar la tarde entera revolviendo vinilos viejos, originales y baratísimos.




Cuando finalmente llegamos al café, Sonia, Dánica y Violet me saludaron a la vez: "¡Hello number tweeelve!". La noche anterior habíamos salido a pasear por el barrio gay. Ibamos por Bleecker St., pasando Broadway, y nos cruzamos con un grupo de travestis que nos invitaban a entrar a un bar, donde había un show de transformistas: "Hollywood Divas". Cruzamos miradas, y tres minutos después nos estábamos acomodando en las mesas de adelante. Yo usaba mucho un buso negro con un número doce, grande y amarillo. Después de un par de números musicales apareció una Marilyn, la anfitriona de la noche. Hizo algunos chistes, preguntó si la estábamos pasando bien y propuso un juego con el público. Se hizo sombra con una mano y buscó en la penumbra hasta que se detuvo en mí. "Oh, number twelve, come here... pleassse". De los nervios, la visión se me desfiguró. En segundo plano, borrosa, escuché la carcajada de Maicol. El nabo me empujó desde atrás y salí eyectado al escenario. Marilyn bajó con gracia un par de escalones, extendió una mano y me invitó a subir. Yo no podía pensar. Lo que siguió fue un ping-pong de preguntas y respuestas de contenido sexual. Y en inglés. No entendía nada, y se ve que Marilyn notó mi cara de espanto; me habrá visto tan tierno que se apiadó de mí, y por lo bajo me soplaba las respuestas. A mí me sudaban las manos, y las frotaba nerviosamente contra el jean. Veía los dientes enormes de Marilyn manchados de rouge, la boca deforme, monstruosa, modulando palabras incomprensibles. Y por detrás oía las risas de Katia, Maicol y Sonia. Logré entender que venía la parte final del juego. Me hizo elegir entre dos expresiones: "Bottom" y "Top" ("Pasivo" ó "Activo"). Se hizo un silencio, no sabía qué decir, tenía el cerebro trabado. En eso me llegó el susurro fuerte y excitado de Violet: "¡Decí Toppp!... ¡DECÍ TOPPP!. Aliviado, dije "top". Marilyn pidió un gran aplauso para mí, me dio las gracias y después me acompañó de vuelta a mi asiento. Amablemente me ofreció un trago como cortesía de la casa. Pedí un destornillador, el único que conocía. Tirado en el piso, Maicol se destornillaba de la risa.




Ahora Maicol miraba la carta, yo hojeaba una revista de la farándula yanqui mientras las chicas deliberaban. La mesera trajo cuatro capuccinos y dos Lemmon Pie. Yo le pedí un Caffe Latte, y se notaba que Sonia, como delegada del ala femenina, estaba esperando a que se fuera la moza para comunicarnos algo. Mike terminó pidiendo una hamburguesa, y cuando la chica se fue con la comanda, Sonia nos juntó en el centro de la mesa. Susurrando, dijo que con Katia habían tenido la idea de fumar marihuana. Dánica negaba con la cabeza, y nos advirtió que ella no estaba de acuerdo. Violet quería, pero parecía un poco asustada. Mike me preguntó qué opinaba. Dije que todo bien, pero no me parecía: todo ya era demasiado flasheante. "¡Ok, votemos!" apuró Katia. Levantamos las manos. Cuatro votos positivos, una abstención (la mía), y un voto negativo (Dánica). Después se hizo un silencio que latió entre todos. Cuando terminamos de merendar, Sonia se arrimó a una camarera española y le habló en voz baja. Volvió dando saltitos: había que fijarse en las esquinas, "hay unos tipos que se paran cerca de los tachos de basura. ¡Esos venden!". Juntamos plata mientras dejábamos la propina. Decidimos que Violet se encargaría de la operación con el tipo que nos pareciera más confiable. Dos del grupo se quedarían cerca de ella para hacer de apoyo. Katia se hizo un rodete en los rulos, sacó la peluca, se la calzó, la acomodó y buscó su reflejo en la ventana. "¿Vamos yendo?", apuró, con aplausitos. "¡Te amo!" le dijo a Maicol, y se le tiró encima. Él le decía cositas al oido, mientras le acariciaba el pelo falso.




Más frío que antes. Nos subimos los cuellos de los abrigos en un movimiento grupal coordinado. Seguimos por la calle 7 un par de cuadras hacia la Segunda Avenida. Las calles se hacían más anchas y fuimos notando que cada vez había menos gente. Empezamos a ver a los famosos tipitos apostados en las esquinas, algunos gritando en un slang cerrado, de una vereda a la otra, y otros frotándose las manos en silencio. Pasamos junto a uno de rastas, con pinta de jamaiquino. Le dijo un piropo a Sonia: "¿Italiani...? ¡Bela!", y nos pareció buena onda. Seguimos hasta la esquina, nos frenamos, y le indicamos a Violet que volviera a donde estaba el rastaman para hacer la movida. Yo la acompañé y me quedé sobre el cordón, cerca, haciéndome el distraído. Violet llegó por detrás del tipo, y como estaba nerviosa, le largó un "EXCUSE ME, SIR!", en un tono demasiado alto para esa clase de operaciones. El tipo se dio vuelta con los ojos amarillos, inflamados. Cero buena onda. Empezó a insultarla en un inglés incomprensible. Violet se quedó durita y sin saber qué hacer. Yo me acerqué con mi mejor sonrisa y las manos an alto, en señal de paz. Por lo bajo le dije a Violet que le pidiera dos porros. YA. Con voz temblorosa le pidió "two joints", pero el rasta se quedó un segundo estudiando la situación. Después fue hasta el tacho de basura, sacó algo de una bolsa, se lo entregó de mala manera y le arrancó el billete de la mano. Abracé a Violet mientras volvíamos al grupo, la pobre se quedó tan asustada que se sacó el tapado para respirar mejor. Las chicas le hacían mimos mientras le explicaban que los dealers se manejan así por cuestiones de seguridad, que no había sido nada personal contra ella. Cerré los ojos para sentir el aroma del porro. Olía a bosque de pinos, en una tarde de primavera.




Cruzamos la Segunda Avenida, después la Primera, y subimos por la Avenida C. Caminamos varias de esas cuadras largas hasta un barrio donde ya no se veía gente de a pie. El río estaba cerca, el viento helado traía olor a puerto, y en cada esquina veíamos titilar las luces de la orilla de enfrente. Llegamos hasta un complejo de monoblocks descoloridos, iluminados desde abajo, que parecían ruinas monumentales de una civilización antigua. Nos metimos en una cortada y nos sentamos codo con codo en un banco largo, bajo la sombra nocturna de una fila de árboles. Sonia me agarró el brazo, estaba muy callada. Dánica cortó el silencio: "A ver, prendan eso y déjense de joder...", y todo estuvimos más animados. Mike dio la primera calada y exhaló el humo, que subió el línea recta.




Las voces rebotaban en el espacio entre los edificios. Violet contaba chistes horribles, Katia respresentaba partes del musical "Cats", que habían visto en Londres. Era asombroso cómo cambiaba la voz con cada personaje. Dánica enumeraba una lista de posiciones sexuales que practicaba con el novio. Todas a la vez nos mostraban sus gracias a Maicol y a mí, como si fuésemos el jurado de un concurso de variedades. Sonia me soltó el brazo y se fue al piso de la risa. Al rato empezó a caminar en cuatro patas, ladraba, movía la cola, olfateaba y levantaba la patita en cada árbol. Mike dio un salto, le robó la peluca a Katia y se la puso. La otra pataleaba como si se hubiera quedado pelada de golpe. Alguien se asomó a una ventana y nos gritó "¡Get out! ¡Motherfuckers!", y otras cosas que no entendí. Violet tradujo: nos estaban amenazando con llamar a la policía.




Nos quedamos calladitos, lagrimeando, tratando de aguantar la risa. Yo empecé a cantar en voz muy baja: "Todooo concluye al fiiin..." y fue detonante. A Maicol y a mí nos agarró la risa muda. Katia tampoco podía hablar, y de repente, dio un respingo y señaló hacia la esquina. Todas la cabecitas giraron, y vimos un auto sin luces que avanzaba lentamente, regulando. La carrocería estaba abollada, parecía pintada con aerosol negro opaco. El auto frenó y contuvimos la respiración. Se abrió la puerta, y vimos la silueta oscura de un hombre.




Usaba gorro, piloto, era medio encorvado y caminaba con una bolsa de plástico en la mano. "Es la policía", susurró Sonia, desde el piso. Le dijimos que se callara, el hombre tiró la bolsa en una especie de volquete, volvió a subir al auto, que giró en "U", y dobló por la misma esquina. Se armaron dos bandos: Katia, Sonia y Violet sostenían que la policía nos estaba siguiendo desde que habíamos hecho la movida. Y claro, nos habían mandado un espía. Dánica, Mike insistíamos para que se calmaran. Igualmente, ninguno se quedó tranquilo. La euforia de antes se había esfumado. Respiramos hondo para estar más frescos. Estiramos las piernas, Maicol descartó lo que quedaba en una alcantarilla, y encaramos hacia la avenida. Caminábamos en una línea que tomaba el ancho de la calle. Yo iba colgado, mirando mis borceguíes nuevos, cuando de golpe hubo un destello que los hizo brillar. Levanté la vista. Vi unos faros muy potentes que nos estaban enfocando, y en contraluz, el contorno de tres figuras perfectamente delineadas: una adelante y dos un poco más atrás. Y una explosión de luces blancas, azules y rojas que giraban como en cámara lenta.




Por el costado del ojo vi que los chicos parpadeaban, ciegos, con las caras quemadas por los focos. El primer oficial salió del círculo luminoso. Cuando la vista se acostumbró a toda esa claridad, pude ver que era pelirrojo, tenía bigote y el pelo muy corto. Señalando a Mike (que tenía la peluca puesta), impostó la voz y dijo en inglés algo así como: "A vos te vi fumando algo. ¿Estabas fumando Marihuana?". Muy tranquilo, Mike se adelantó y dijo: "Yes, i did". Desesperada, Violet se interpuso entre él y el oficial: "¡NO! ¡OFICER, NO!, ¡HE DIDN´T!, ¡¡HE DIDN´T!!", y volviendo a Maicol, por lo bajo: "Qué decís, ¡IDIOTA!". En tonito socarrón, Mike explicó: "Si no nos pueden hacer nada...". En la otra punta de la línea, Sonia y Katia empezaron a lagrimear: "Please, oficeeer...". El oficial volvió a imponer su voz, y siguió diciendo algo así como que en los Estados Unidos era ilegal fumar marihuana, que podíamos ir presos, incluso llegar a juicio y obtener una condena. Pero cuando vio la pinta de nabos que traíamos, dejó el tono severo y preguntó qué hacíamos en el país. Maicol, más desafiante que antes, respondió: "VACATIONS", así, como suena. A esa altura, creo que el oficial ya tenía ganas de llevárselo a Guantánamo. Yo seguía toda la acción como si viera una película. El oficial ordenó que volviésemos a nuestros hoteles inmediatamente. "¡Yes, sir...!", dije yo, y esa fue mi única intervención. Se apagaron los focos, se oyeron uno, dos, tres portazos, las ruedas chillaron y las patrullas se perdieron por la Avenida C. Nos quedamos en silencio, formando una ronda en el medio de la cortada. Empezamos a reírnos, de los nervios.




Katia y Mike engancharon un taxi que andaba perdido y pidieron que los llevara a un hotel barato. Sonia, Dánica, Violet y yo corrimos a otro que apareció en sentido contrario. Yo iba con la cabeza hacia atrás, y en la luneta veía cómo se deformaban las luces de la calle al pasar. Las chicas conversaban, todavía un poco exitadas. Terminamos en una pizzería de Little Italy, llena de gente, con demasiada luz. Los acentos se mezclaban. Ellas hablaban superponiéndose, y yo me distraía con los gestos de cada una. Adelante tenía mi tercera porción de pizza, enorme, con esa película de aceite frío por encima. Era de peperoni y estaba servida en un plato de plástico rojo, gastado por el filo de los cuchillos. Miré a Sonia, y sin prestar atención a lo que decía, me quedé observando su perfil. La forma de los huesos de la cara, la piel fina, transparente, y el movimiento de sus manos en el aire. Empecé a darle besos suaves en el cuello. Las otras siguieron conversando, entre ellas, como si nada. Sonia se quedó quieta, en silencio, sin mirarme. Recosté la cabeza en su falda y ella volvió a la charla, enredando mi pelo con la punta de sus dedos. Por debajo de la mesa escuchaba el sonido hueco de las voces del salón, y sentía la vibración cálida de su cuerpo en el mío. Y así me fui yendo, hasta que me quedé dormido.






Diciembre de 2010.

lunes, 17 de enero de 2011

Nuestra Gaby Sabatini




Ni bien nos mudamos al barrio supe que el jefe de la cuadra era una chica. Mis viejos seguían vaciando cajas y yo andaba por ahí, explorando, cuerpo a tierra entre matas de pasto crecido. La imagen de Sandra se me apareció de golpe, parada al otro lado del alambre que dividía el fondo de nuestras casas. El de ella era mucho más grande, y con los años sería cancha de fútbol, tenis, sofbol, handbol y cualquier cosa que nos diera excusa para mancharnos la ropa de verde. Hoy todavía sueño que desde mi cuarto oigo voces que juegan, entonces trepo al alambrado buscando con la vista en ese parque inmenso, pero no veo a nadie. Sandra me seguía mirando fijo y no decía nada. Creyendo que estaba ahí desde antes, me levanté de golpe y así nos quedamos un momento, estudiándonos. Ella, con la pelota dominada bajo un botín de tapones blancos, y yo, sacudiéndome el pasto con un poco de vergüenza. No sabía adónde mirar; si a esos ojos grises, al botín Adidas reluciendo bajo el sol, o a la pelota número cinco de gajos rojos y blancos. Qué hacés, dijo. Explorando, respondí. Su corte de pelo era como el mío, con un flequillo abultado que le tapaba los ojos. Usaba unos shorts que le iban grandes, con medias de fútbol y los cordones atados a los tobillos. Tenía una cara linda, con pecas, y era más alta que yo. Te gusta el fútbol, preguntó, con una voz ronca. Claro, apuré, y de qué cuadro sos, desafió. De Boca, y vos. Silencio. Bajó la vista a la pelota y yo la bajé con ella. Los colores: rojo y blanco. Volvió a mirarme, con una ceja levantada. Era de River, claro. Otro silencio. Largo. Un tábano pasó por el medio. El sol de las tres de la tarde hacía crujir el pasto. Te juego un cabeza, dijo, y fue hasta el final del alambrado. La seguí, me mostró un agujero por donde pasar y me avisó que tuviera cuidado con las puntas.


El papá de Sandra se llamaba Luis. Era alto, usaba bigotes, tenía poco pelo arriba de la cabeza y mucho a los costados y atrás. Era dueño de un corralón de materiales, lo veíamos ir y venir con una carterita negra apretada bajo el brazo, media sonrisa y una expresión que casi siempre era de fatiga. Fumaba mucho, gargajeaba otro tanto, y también hacía toser a un Ford Taunus que tenía problemas con el embriague. Elena, la mamá de Sandra, también tenía la voz gastada por el cigarrillo. Nunca se quitaba los ruleros, que usaba debajo de un pañuelo de tela brillante, como de seda. Nadie pudo saber si alguna vez se le armaron los rulos o no. Barría la vereda varias veces por día, y entre sus dedos siempre había un cigarrillo consumiéndose de a poco. Cuando pasábamos, sacaba caramelos del bolsillo del delantal, sonreía y nos acariciaba la cabeza. Sandra tenía un hermano más grande, Walter, que trabajaba con Luis. También era muy alto, tenía granos, frenos en los dientes y era bueno con nosotros. Jugábamos al fútbol en la calle, y si estábamos en un partido bravo contra los pibes de la otra cuadra, entraba a robarse la pelota, eludía a todos los contrarios y les hacía un golazo. Se despedía saludando con los brazos en alto, y los otros iban a quejarse con Sandra. Era macanudísimo. Walter me hizo escuchar por primera vez a los Beatles. Los sábados a la tarde dejaba que Sandra y yo entráramos a su habitación. Estaba llena de estantes con vinilos, pósters de River Plate, de chicas, de los Beatles y de otros grupos que yo no conocía. Abstraído, repetía ante nosotros el ritual de sacar el disco de la funda, soplar la púa y posarla con cuidado sobre el vinilo. Y se divertía viendo cómo nos brillaban los ojitos cuando ponía el volumen al mango. A los gritos sobre la música, describía Liverpool tan nítidamente como si hubiera estado ahí. Mientras yo imaginaba la niebla entrando en el puerto de esa ciudad lejana, Sandra se inclinaba sobre la guitarra criolla a seguir los punteos de Harrison. Algunas de esas noches de sábado la familia me invitaba al estadio del club de Nueva Chicago. Ahí se corría la categoría Midget; unos autos enanos que básicamente giraban alrededor de un circuito, hasta que uno chocaba a otro y se armaba un zafarrancho de autos volando por el aire. Era común ver a alguno rodar como una lata en llamas hasta dar contra el muro de contención. El piloto lograba escapar de la jaula retorcida, hecho una bola de fuego humana, y se agarraba del alambrado frente a nosotros mientras los bomberos extinguían las llamas de su cuerpo.


Entre las siete y cuarto de la mañana casi todos los chicos del barrio salíamos para el colegio. Un día vimos que Walter abrazaba a Sandra my fuerte, hasta levantarla del suelo. Después, lo mismo con Elena y con Luis. Se estaba despidiendo. La primera que lloró fue la madre, y se fueron contagiando, pero él se contuvo y les dejó una sonrisa final. Pasó junto a mí guiñándome un ojo, le tocó la cabeza a mi hermano, y así lo vimos irse hasta la esquina. Llevaba una bolsa marrón al hombro, que era como una morcilla gigante, y bajo el brazo un paquete de sanguches de milanesa. Escuché que Elena gritaba que tenían que durarle dos días, por lo menos. Luego descansó la cabeza sobre el pecho de Luis mientras lo veía doblar, sin saber que volvería recién casi dos años después. Sandra iba al colegio a la tarde, así que entró corriendo y no volvimos a verla por un par de días. Crucé con la mirada hasta la vereda de la casa de Faina, para ver si sabía algo. Faina abrió mucho los ojos y levantó los hombros, negó con la cabeza, no tenía idea. Después le dio una patada suave en el culo a Juampi, el hermano menor, para que apurara el paso hasta el micro que les tocaba bocina. Anduvimos tristes durante un par de semanas, pero no nos animábamos a preguntar adónde se había ido Walter. Pero pasó el tiempo, y nos fuimos olvidando. Seguí escuchando a los Beatles en un cassette que yo mismo había compilado, grabando temas de la radio. Juntando los vueltos de un año me había comprado un Walkman; mi mamá me cosió una especie de carterita de jean para colgármelo y llevarlo a todos lados.


Faina era mi mejor amigo. Los domingos a la mañana la madre y la abuela me invitaban a la iglesia, y a mí me encantaba. Yo no estaba ni bautizado, y en las partes en que había que rezar hacía la mímica. Me fascinaba el eco de la voz del cura rebotando en el mármol, y esas líneas de luz recta que bajaban desde la cúpula altísima. Muy nítidas veía flotar las partículas de polvo que se alzaban desde los tapados de las señoras, y pensaba que esa claridad que tocaba las primeras filas era Dios. Y trepaba con la vista entre figuras hermosas hasta ese cielo cóncavo, donde los ángeles envueltos en telas de colores brillantes se mostraban compungidos y medio desnudos. Cuando la misa terminaba salíamos corriendo por el pasillo del centro y nos lanzábamos a resbalar con todo el cuerpo sobre el piso recién pulido. Faina era medio rubio, como yo, pero más bien gordo e impulsivo. Cuando se calentaba hacía rechinar los dientes, y una mancha roja le subía por el cuello y se prendía a los cachetes. Cada tanto nos agarrábamos a las trompadas, la regla tácita decía que siempre fuera con la mano abierta. Todavía tengo esa sensación en los dientes de la vez en que le arranqué de una mordida un pedazo de buzo de plush, color amarillo patito. Como yo no tenía un gran físico, cuando peleaba acortaba distancias para morder a mi rival. Faina lo sabía y me frenaba a cachetazos. Muchas veces, en medio del entrevero de piñas y patadas que volaban para todos lados, yo me daba cuenta de que en realidad peleábamos por la atención de Sandra. Y al final siempre volvíamos a ser amigos. Pero Sandra nos fajaba a los dos. La mirábamos embobados aún cuando nos tenía contra el cordón de la vereda, y nos daba trompadas en las costillas. Era una fenómena; jugaba al fútbol que daba gusto y ni entre los dos lográbamos quitársela. La corríamos desde atrás y nos turnábamos para tirarnos a los pies, y ella saltaba esquivando las patadas. A Faina y a mí nos gustaban dos chicas que vivían a la vuelta. Cuando pasaban por nuestra vereda yendo al almacén, dejábamos de jugar y nos quedábamos mirándolas. A Sandra le daban celos y las cagaba a pelotazos.


No existía hacer otra cosa que no fuera lo que ella quería. Así nos convencía de que por ejemplo saltáramos al vacío desde la parrilla de mi casa hasta la rama horizontal de un ciruelo, tal vez creyendo que éramos un grupo de trapecistas rusos. Más de una vez alguno le pifió y se fue de jeta al piso. Jugábamos a la guerra y nos arrojábamos detrás de las trincheras que armábamos con pedazos de madera, y repetíamos varias veces cada escena, porque sí, como si fuéramos dobles de riesgo. Sacábamos cañas del terreno baldío junto a la casa de ella, usábamos tanza para construir arcos y cortábamos flechas bien rectas y afiladas, que atravesaban la carne jugosa de tronco de los bananos. En verano hacíamos casas bajo la sombra de un paraíso enorme. Metidos ahí adentro en tardes de lluvia, con goteras que nos daban en la cabeza, Sandra me hizo algunas pajas. Yo sentía su indiferencia, tal vez había algo de curiosidad pero ningún compromiso físico. A mí me gustaba en el momento, pero después me quedaba con una carga rara, angustiado, como si la paja me la hubiese hecho otro pibe.


Una mañana en vacaciones de invierno jugábamos en la calle cuando de golpe Sandra salió corriendo para la esquina. La seguimos con la mirada y la vimos volar en el aire hasta los brazos Walter, que soltaba la bolsa marrón para recibirla. La hizo girar y girar mientras le daba besos y se asombraba del estirón que había pegado. Cuando volvió a bajarla pareció agotado. Venía vestido de verde, tenía el pelo muy corto y estaba más flaco. De cerca vimos que ya no tenía granos ni aparatos en los dientes, y que toda la cabeza estaba cruzada por rayones blancos. Sandra lo guió de la mano en silencio, Walter pasó frente a nosotros con una sonrisa pálida y entraron. No lo vimos hasta un par de meses después.


Cuando volvió a invitarnos a escuchar música en su habitación, vi que había arrancado todos los pósters. Sólo quedaban algunas puntas de cartulina clavadas con chinches y rectángulos más claros que el resto de la pared. Ahora ponía discos de Joni Mitchell e Invisible, sin subir demasiado el volumen. Con la vista en un ángulo del techo Sandra prestaba atención a la música y después apoyaba las yemas de los dedos en las cuerdas de la guitarra. Esa música parecía más complicada, se notaba que estaba tocando mejor. Walter la miraba practicar en silencio, sentado en la cama con la espalda en la pared. Noté que le había crecido el pelo. De Invisible me llamó la atención una letra que hablaba de un astronauta que iba por el espacio con un banderín de River Plate sobre el comando. Le conté a Walter que por Sandra me había hecho de River, y se empezó a reír. Aproveché para preguntar adónde se había ido. Sandra dejó de tocar y me miró. Él contó que se había ido a la colimba, y cuando casi estaban por darlos de baja los mandaron a la guerra. Hablaba como con sueño, mientras cerraba los ojos y se echaba de costado en la cama. Pensé en la guerra y me la imaginé en blanco y negro. Por esas películas que daban el sábado a la tarde. Sandra siguió tocando y a mí no se me ocurrió nada más para decir. Sólo después de un rato me animé a pedirle que me copiara en cassette el disco de Invisible.


Y en los meses que siguieron no hice más que escucharlo. Iba a todos lados con el walkman en mi carterita. En las noches del verano invitábamos a los pibes de la otra cuadra, a las chicas de la vuelta, y se armaban unas escondidas memorables. Duraban hasta la una o dos de la mañana, nuestros viejos sacaban sillas a la vereda y se quedaban conversando. Valía esconderse en todo el barrio, sin pasar el límites de las avenidas. A Sandra le gustaba medirse con cada uno de nosotros en la carrera hasta la piedra, y se ofrecía para contar primero. Yo hacía un par de cuadras a toda velocidad y me procuraba un escondite bien alto. Trepaba las ramas de algún paraíso hasta donde las hojas abrazaban las luces de la calle. Y ahí me quedaba, esperando. Mientras, me distraía con los bichos que zumbaban alrededor de los halos amarillos, y se largaban en picada hacia la luz. Entonces me calzaba los auriculares y le daba play al walkman. Me gustaba el tema tres: "Alarma entre los Ángeles". Era de rock progresivo, instrumental. La música me hacía pensar en los ángeles que veía los domingos, y los imaginaba preocupadísimos, dando vueltas sin parar, como los bichos, porque Dios los había cagado a pedos, o algo así.


Después vino la época de Gaby Sabatini y a todos los chicos del barrio nos vino el entusiasmo por jugar al tenis. Mi viejo había conseguido dos raquetas de aluminio, livianas, pero muy blandas; se deformaban al menor golpe. Mi mamá nos había hecho a mi hermano y a mí un par de equipos de gimnasia, con los mismos colores, pero invertidos. Faina había pegado un conjunto de chomba, shorts, medias y zapatillas Ellesse, en tonos de amarillo y blanco. Siempre el amarillo patito, nos burlábamos, y él se defendía diciendo que era un regalo de la abuela, que elegía los colores del Vaticano. Pero había que ver a Sandra, toda de blanco y en pollerita corta, saliendo de la casa como en cámara lenta, brillando al sol en un halo de esplendor. La vincha le aplastaba el flequillo sobre los ojos, que parecían más chicos y duros. Nos codeábamos entre nosotros: el cuerpo le había cambiado, ya era una mujer. Nos reunimos alrededor de ella y la vimos desenfundar una raqueta de grafito azul impecable, con brillos que nos dejaban ciegos. Era una Prince, como la de Gaby, y en el encordado tenía impresa una letra "P", enorme y dinámica. Mi hermano y yo miramos las nuestras, y no decían nada.


Íbamos a jugar a unas canchas de polvo sobre la avenida Provincias Unidas. Sandra entraba primero y dedicaba unos minutos a elongar. Alguno de nosotros entraba con ella y los demás nos quedábamos sentados en un banco al costado de la cancha, esperando turno. Íbamos pasando y ella nos daba el pesto sistemáticamente. Jugaba muy tranquila, sobre la línea del fondo, y resolvía todo desde ahí. Nos dejaba hacer algunos puntos hasta que metía un sablazo junto a la línea, o un revés cruzado bestial que ni tenía sentido ir a buscar. Y se quedaba en esa última figura, estática, con las rodillas flexionadas, el brazo extendido y la raqueta paralela al piso. Concentrada en la postura, imaginando la gloria y los flashes. Yo lograba aguantarle un poco más cada punto, y la hacía correr bastante. Usaba la muñeca y la obligaba a venir a la red jugándole bolas cortas con efecto, que caían muertitas entre el fleje y el final de la red, ahí donde tejen las arañas. Perder un game la volvía loca, simplemente porque no estaba en sus planes. Entonces, caminaba serenamente hasta el fondo de la cancha, picando la pelota, y el próximo saque te lo apuntaba a la cabeza.


El entusiasmo se nos fue yendo, lento, de forma casi imperceptible, como se iban los días, las estaciones y los años. Sandra dejó de usarnos como sparrings y siguió yendo a entrenar sola. Desde el club Huracán le llegó la oferta de federarse como junior, los demás fuimos teniendo otros intereses. Las chicas de la vuelta venían a comprar cigarrillos a nuestra cuadra y pasábamos horas en la puerta de lo de Faina. Sentados con Flavia y Paulita en el cordón de la vereda, veíamos llegar a Sandra, muerta después del entrenamiento de la tarde. A estudiar y al otro día levantarse temprano para el colegio. Nos saludaba de lejos, y mientras cerraba el portón nos contaba rápidamente en qué andaba. Y antes de verla desaparecer con las últimas luces, le decíamos que ella siempre iba a ser nuestra Gaby Sabatini.


Mudarnos a Ramos Mejía fue como irse a vivir Nueva York. Bajaba de mi edificio y me cruzaba con caras desconocidas, y a la vez nadie me conocía a mí. Ni yo me conocía. Me sentía vacío, sin personalidad, anónimo entre la gente que se se reía en las marquesinas, o se agolpaba en cada esquina para cruzar las avenidas. Las ruedas del skate tropezaban en la unión de las baldosas y en la calle no se podía andar, por el tránsito. Así me entregué al aire viciado de las casas de videojuegos. Ahí adentro no se sabía si era de día o de noche; me pasaba horas frente a las pantallas aunque no tuviera plata, respirando ese humo quieto, como una bruma, aturdido con el estruendo de musiquitas superpuestas, sólo viendo muñequitos moverse. En un antro de esos vi por primera vez a dos flacos más grandes que yo darse un beso en la mejilla, y usar la palabra "vieja" en vez de "viejo". Ejemplo: "¿Que hacés, vieja?.


Una tarde no aguantaba más la tristeza y llamé a Faina desde un teléfono público. Me contó que estaba de novio con Flavia y que Paulita andaba saliendo con un equis. Quise romper la cabina a telefonazos. Y que a Sandra le habían descubierto una enfermedad en la cadera, y era posible que tuviera que dejar el tenis. Me quedé peor que antes. Prometí tomarme el noventa y seis e ir a visitarlos algún día, pero nunca lo hice.


Terminaba de armar las entregas para la carrera de diseño en un Taller 4 flamante que habían abierto sobre la calle Belgrano, al lado de Musimundo, donde antes había un cine. Una tarde tuve que hacer fotocopias color y me atendió un flaquito nuevo, tenía el pelo largo y de aspecto sucio, con un flequillo que le tapaba los ojos. Usaba una remera gastada de los Ramones, y cuanto preguntó qué necesitaba, oí su voz y se me puso la piel de gallina. Era Sandra. Bajé la vista automáticamente. Le di las indicaciones y la miré de reojo mientras operaba la fotocopiadora. Era Sandra, no había dudas. La vi muy pálida, descuidada, flaca y con los pómulos hundidos. Parecía un varón. Al verla venir con las copias noté que le costaba caminar. Pagué, enrollé las láminas y salí lo más rápido que pude.


Cada vez que tenía que volver repasaba mentalmente lo que iba a decirle. Ella se quedaba el el fondo del local, y cuando me veía llegar se acercaba al mostrador y decía: "qué hacés". Así, secamente. Yo no sabía si lo decía porque me había reconocido o simplemente porque ya era un cliente habitual. Ante la duda bajaba la vista, daba las indicaciones, pagaba, agarraba mis cosas y me las tomaba. Mi mamá llegó un día contentísima, diciendo que había ido a hacer unas fotocopias para el trámite del monotributo y se había encontrado con Sandra. Siempre tan amorosa, tan deportista ella, qué pena verla así, tan dejada, pobrecita, decía. Y que estuvieron hablando un montón, que se acordaron del barrio, de aquellas épocas, y me mandaba muchos saludos.


Me acredité como fotógrafo para un festival de punk lésbico que se estaba armando en Cemento, para festejar el día de la mujer. No sé, me pareció interesante. Cerraban She Devils y Sugar Tampaxxx. En la puerta había dos chicas con cresta, tiradores y tatuajes, onda chaboncito. Tomaban del pico y le pasaban la cerveza a dos punkies un poco más fashion, lindas, con piercings en la nariz, que se reían de todo lo que decían las otras. Adentro se oía un quilombo infernal. Las alarmas de los autos saltaban con el ruido. El mismísimo Chabán buscó mi nombre en la lista, bajando una regla transparente sobre el papel. Me miró por encima de los lentes. Vi que tenía tapones en los oídos. "Pasá", dijo. Le di las gracias y pasé, pero noté que me seguía mirando. "Escuchame", volvió a decir, "no te pierdas a Sandra y las del Fuego, están tocando justo ahora. Alta imagen, metele, chau". Palpitaciones. Me apuré a pasar la cortina mugrienta y el sonido se volvió agudo, enloquecedor. La vi de lejos y todo avanzó en cámara lenta, como en un sueño. Traté de setear la cámara sin poder pensar claramente. Las luces y el escenario quedaban al final del tubo de un caleidoscopio. Empujé con fuerza entre cuerpos lubricados de sudor, protegiendo la cámara de las patadas que volaban, esquivando a los que saltaban del escenario y caían cerca. El olor a chivo estaba reconcentrado. Estudiando la luz pensaba en aperturas de diafragma y velocidades de exposición, pero las cuentas no me salían. Logré llegar hasta el escenario y me ubiqué al lado del borcego derecho de Sandra. Desde abajo, su imagen se veía enorme, monumental. Concentrada, mantenía la vista en un punto sobre la cabeza de la gente, mientras hacía rabiar a la guitarra. Tenía los brazos cubiertos de tatoos, el pelo muy corto, unos chupines rojos de tela escocesa y una musculosa blanca, empapada, que se adhería a las tetas. En el estribillo pegaba unos alaridos tremendos y la vena del cuello se le hinchaba, como a punto de reventar. Una gota de sudor resbaló por su nariz y me cayó en la lente de la cámara. Empujado de un lado a otro por la pequeña multitud traté de limpiarla con un pañuelo de papel, y en ese momento Sandra me vio. Se distrajo y olvidó la siguiente estrofa. Pero se reía y me seguía mirando, incrédula; las otras chicas hacían los coros y le echaban miradas de costado. Después salió del escenario para a buscar agua; pude ver que caminaba peor que la última vez. Volvió al centro, se vació en resto de la botellita en la cabeza, se puso de espaldas al público, contó los compases con al resto de la banda, dio un guitarrazo y ahí terminó el show. Se desató una ovación. Después del saludo final en grupo, largó la guitarra, tomó impulso y se arrojó a la gente. Decenas de manos la hicieron flotar a la deriva bajo las luces de colores. Sandra se dejaba llevar, feliz, con los ojos cerrados y con los brazos abiertos. Yo la seguía de cerca, y en ese instante saqué la foto que expuse en mi primera muestra. Después estiré un brazo y toqué la punta de los sus dedos, ella se dio vuelta y me vio. "Qué hacés", dijo, y me volvió a sonreír.




Mayo de 2010.












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jueves, 6 de enero de 2011

Hola, Frank





Es media mañana y camino distraído bajo un puente. La cortina de lluvia por un momento quedó atrás, pero sigo con el paraguas abierto. Dentro del túnel se oyen ruidos, golpes apagados que retumban en el cemento oscuro de hollín, y el suelo vibra con las toneladas de tráfico que pasan por encima. Cuando salgo del otro lado, algunas líneas de claridad atraviesan las nubes, como si estuviese aflojando, pero rápidamente vuelve la oscuridad y llueve más fuerte que antes. Entre bocinazos y ráfagas de viento y agua horizontal que casi me levantan del piso, distingo, ahogado, el ringtone de mi celular. Mientras evito meter el pie en un charco de barro inmenso, cambio de mano el paraguas para buscar en el bolso y en cada uno de los bolsillos del estuche de la laptop. Hasta que lo encuentro, pero ya no suena; tengo una llamada perdida de Labial Fucsia. La pantalla se cubre de gotitas que prisman la luz violeta de su nombre. Qué extraño. Fucsia no llama nunca, a no ser que tenga algo muy puntual que comunicar. Levanto la vista y noto que de golpe la luz del día tomó un tono verdoso. Vuelve a sonar. Es ella. Enfoco la vista en el toldo a rayas del bar de la esquina de enfrente, cruzo la calle a toda velocidad, como si fuera a mojarme menos, y pego una patinada al subir al cordón de la vereda. Me acomodo al reparo en el borde de una de las ventanas. El teléfono no deja de sonar. Del otro lado del vidrio el tiempo está quieto. Dos viejos juegan a las cartas sobre la mesa de fórmica, a un costado hay dos pocillos vacíos. Llevan los puntos empujando porotos de un montoncito a otro. Me miran de costado. Pongo cara de naipe. Me llegan el olor del café y las medialunas recién hechas. En la barra, un mozo de chaleco bordó hojea el diario sin detenerse en ningún titular. El teléfono sigue sonando.

Me escurro el agua de los bigotes, atiendo y digo "qué sorpresa". Fucsia sólo dice mi nombre en ese tono musical encantador, y con fingido desdén pregunta por qué siempre tardo tanto en atender. Le explico que en general me cuesta bastante escuchar el teléfono, y cuando lo escucho me cuesta adivinar de dónde viene la musiquita. Qué aparato, se divierte. Le pregunto si llueve por su barrio y dice que ya no tanto. Que ahora el aire está impregnado del perfume que despiden los tilos. Le cuento que no podría haber llamado en mejor momento, lo que estoy viendo es impresionante: algo está a punto de pasar. Le describo la escena que abarca mi visión desde esta esquina: el puente enorme, pesado, impactante, y el zafarrancho de autos y camiones que pasan por arriba. En cualquier momento alguno se viene abajo. Le hablo de las nubes negras, la lluvia horizontal, la gente que es atacada por remolinos de hojitas y bolsas de plástico, los colectivos que pasan demasiado cerca del cordón y levantan olas de un metro, el toldo al que tuve que venir a refugiarme, los viejos que juegan al truco y ahora me miran porque estoy gritando. No me grites, dice Fucsia en tono de reto, y después afloja: vos y tu mente literaria. Me pregunta si voy a la lectura de esta noche. ¿Qué lectura? Te acabo de mandar un mail. ¿Cuándo? Hace media hora. Ah, acabo de salir de una reunión... Bueno, fijate, y me cuenta quiénes van a leer. Le confirmo que voy, aunque mucho de poesía no entiendo. Fucsia me habla y detecto en su voz el tono impreciso de quien en realidad quiere decir otra cosa. Pero en realidad yo quería decirte otra cosa, suelta de repente, y hace una pausa para pensar. Viéndola venir enderezo la espalda, me alejo de la ventana y meto la mano en el bolsillo. Dice que leyó mi mensaje de esta mañana, que prefiere que dejemos el sexo y sigamos siendo amigos. Está muy bien, apuro, canchero, y fugazmente me pregunto si alguna vez lo fuimos. La última noche no la pasé nada bien, confiesa, por eso: dejémoslo así, está decidido. Pienso un segundo y opino que, bueno, si es por eso, con ella nunca se sabe: a veces la pasa bien y otras la pasa mal. Siempre fue así, obsesiva, hinchapelotas, muy exigente... si, si, ya sé, interrumpe con tonito de fastidio, la verdad es que conocí a alguien, así que... bueno, eso. Y mientras cambia de tema, la voz que sale del aparato se separa de la idea mental que tengo de ella. Intervengo en lo que sea que está contando para decir que su decisión me parece perfecta. Se queda callada. La lluvia no respeta el límite del toldo y estuvo mojándome todo este tiempo. Muy bien, te agradezco el llamado, digo después, mientras vuelvo a la ventana y observo el billete de dos pesos que dejaron de propina. ¿Estás siendo irónico?, se enoja, levantando un poco la voz. No, no, la esquivo, simplemente eso: agradezco que te hayas tomado la molestia de llamarme, y hago una mueca que simula ser sonrisa. Estás siendo irónico, confirma, me manda un gran beso y cuelga.

Cuelgo yo también y me quedo observando el puente: por detrás se levanta una nube extraña, oscura, alta como un edificio que gira muy despacio. Adentro hay explosiones de luz difusa, como flashes intermitentes. Desde la boca de túnel veo salir las líneas rojas, negras y blancas del colectivo cincuenta y cinco. Junto las cosas y me hago un pique hasta enfrente; el colectivo se lanza sobre la parada y empapa a los que esperan. Viajo media cuadra colgado del estribo, las gotas me acribillan hasta que puedo subir y embocar las monedas en la máquina. Logro llegar hasta el fondo. Veo la escena alejarse y empiezo a pensar en la última vez con Fucsia. Tiene razón; yo tampoco lo disfruté. Suele pasarme cuando alguien me calienta más mental que físicamente: no funciono del todo bien. Hubo otras veces que fue muy bueno, realmente conectamos. ¿Y el mensaje que le envié esta mañana? "Extraño nuestra intimidad". ¿Qué tiene de mal? Está muy bien. ¿Y el anterior? Bueno, ese era un poco más picante.

Es de noche y no quiero que este colectivo se detenga nunca. Voy tranquilo, como adormecido, no conozco del todo esta parte del centro y me dejo llevar como un turista por una ciudad nueva. El asfalto mojado refleja las luces que pasan. Veo marquesinas de locales vacíos, edificios de bancos con sus puertas giratorias detenidas, diagonales que se cruzan, cafés, plazas secas, algún que otro ministerio. Camino un par de cuadras angostas hasta que veo una luz amarillenta que se vuelca sobre la vereda. Es acá. Es una librería muy linda, chiquita, con macetas en el frente y una pizarra con recomendaciones. Tiene estantes en las paredes, una escalera caracol al fondo y en el centro un par de mesas cargadas de novedades. No hay casi nadie; sólo un flaco de gafas que se acerca a un monitor plano para poner música, otro que se encarga de recibir a quienes vamos llegando, y dos o tres personas que miran libros. Pregunto al de las gafas si la lectura ya arrancó y me sonríe; todavía no apareció ninguno de los que van a leer. Miro la hora. Me quedo parado sin saber muy bien qué hacer. Observo que algunos de los que están ahí ya se conocen, o se están conociendo ahora. Hay una chica con calzas de látex dorado que raja la tierra. Alguien en la cocinita del fondo sirve tragos de colores, y el primero es para ella. Salgo a la calle, como para hacer algo, y veo a Fucsia bajando del auto. Apunta con el mando a distancia para activar la alarma; no le funciona e intenta de nuevo. Me apuro para volver a entrar, rodeo la mesa con libros y agarro uno cualquiera. Cuic- Cuic, hace la alarma. 
Evitando mirarla directamente advierto que Fucsia me ve desde la puerta, en el camino saluda a otra persona y viene en línea recta hacia mí. El librito que agarré es de un tal Frank Báez. El nombre me suena pero no lo ubico. Paso las páginas como un autómata y me detengo en una frase cualquiera: "muchos han dicho que parezco un camillero". Recién ahí caigo en que es uno de los que van a leer. El perfume de Fucsia avanza entre las pilas de recomendados, y cuando la tengo cerca, levanto la vista y lo primero que veo es un pañuelo en forma de vincha que le recoge el pelo. Me hipnotizan esos rasgos afilados, ese peinado le da un aire aristocrático, distinguido. Cuando ofrece su mejilla para que la bese, sólo consigo decir "qué lookete"; frase que perfectamente podría haber dicho cualquiera de sus amigos gays, o alguno de esos novios que suele tener, que a menudo lo parecen. Vuelve a decir mi nombre en ese tono musical encantador y me mira durante un segundo, pícara, como desafiante. Se muerde el labio, la miro y no sé que decir, y si estoy diciendo algo, no me doy cuenta. Estoy en pausa, me perdí en un bache espacio-temporal en el que no entiendo el significado de las palabras. De golpe algo llama a su atención, agarra un libro y lo examina con detalle. Yo vuelvo a mío simulando concentración, pero me late la sien, el papel cambia de color y las letras son hormigas que se chocan entre sí. Una vez, en una fiesta, cuando les conté a mis amigos que estaba viéndome con Fucsia, hicieron cola para criticarla. Una amiga llegó a decir que, si se la comparaba con las chicas que me habían conocido, así muy tranquis, modositas, ésta tenía la energía de un travesti. Me fabrico una actitud desinteresada que me permite llegar hasta la puerta. Veo venir más gente desde la esquina. Un flaco de mirada tranquila y acento centroamericano me pasa por al lado; el de gafas y el otro que atiende la librería lo saludan con afecto.

Salgo a dar una vuelta por el barrio. Paso por un almacén antiguo y me siento llamado por el aroma de los salames que cuelgan sobre el mostrador. Me arreglo con un paquete de papafritas con sabor a pato a la naranja y lo liquido antes de hacer dos cuadras. Vuelvo a parar en un minimercado y voy directo a las heladeras. Agarro la latita de cerveza más fría que encuentro y la llevo hacia la caja. Una señora muy amable la pasa por el lector y dice que son cinco pesos. Le entrego un billete de cinco, acciona la caja registradora y antes de meterlo se queda pensando. Acerca su cara a la mía como si fuera a decirme un secreto, y me comenta que la lata cuesta cinco pesos, mientras que la botella de litro, seis. Sugiere que tal vez me convenga la de litro.  "Es sólo un pesito más", dice, y me guiña un ojo.

Reaparezco en la librería tomando del pico de mi cerveza de litro. Se reunió bastante gente y todavía siguen llegando. Adentro flota una especie de carnavalito electrónico, si no es Villa Diamante le pega en el palo. Algunos ya se animan a bailar. La chica de látex dorado está girando sobre sí misma, y en un movimiento brusco vuelca un poco de cerveza sobre los libros. Larga una risotada y se le aflojan las piernas. El de gafas aparece por detrás, con gesto duro y un trapo repasador. Sospecho que hoy será noche de perfos. En la vereda sigo tomando del pico y a través del vidrio busco la mirada de Fucsia, hasta que la ubico en el entrepiso. Está tirada en un sillón, conversando con amigos, mientras pasa el porro para un costado y se tira hacia atrás para largar el humo. Me recuesto sobre el marco de la puerta y de repente veo que la grúa se está llevando un auto. Miro de nuevo, es el de Fucsia. Doy el grito de alarma y todos se dan vuelta, menos ella. Alguien le avisa, Fucsia se levanta de un salto y baja las escaleras a gran velocidad. Me pasa por delante toda destartalada y la veo tan ridícula que pienso: "¿tanto lío por esta mina?". La grúa se está yendo con el auto, ella cruza sin mirar y casi muere atropellada por un colectivo que clava los frenos en el último instante. Los pasajeros se desparraman por el piso y Fucsia se queda muy quieta, como un espectro frente a las luces. Reacciona y empieza a discutir con los tipos de la grúa. En el colectivo los pasajeros insultan al chofer, el chofer insulta a Fucsia y ella se desquita conmigo: cuando todo se resuelve, me pasa por al lado y dice "gracias", en un tono que también parece un insulto. Pero se frena en la puerta, y en pose declamatoria dice a los de adentro "no pienso moverlo; ¡estoy demasiado fumada!". Todos le festejan la ocurrencia menos la chica de látex, que no puede más: baila como enloquecida y su paso ya no es tan firme. Fucsia se une a los que bailan alrededor de ella y la alientan para que se descontrole. Me acerco a la ronda, me queda poca cerveza y empiezo a pensar en la próxima. Quisiera no tener que estar borracho para bailar bien. La chica de látex se deja caer de espaldas al piso. Mueve la pelvis arriba y abajo, y todos quedamos imantados de energía sexual. Después abre las piernas y se dobla hacia atrás. Todos a la vez estamos viendo cómo el látex se adhiere a sus pliegues íntimos. Fucsia impone su voz sobre la música: "ésta quiere que la penetren... ¡Como yo!". Desearía que alguien hiciese un pase de magia que me haga desaparecer. Es hora de ir por otra cerveza.

Cuando vuelvo, hay silencio y la chica de látex está sentada en la puerta, con la cabeza entre las piernas. La miro, me mira, le sonrío, me sonríe, pone los ojos en blanco y golpea la cabeza contra la pared. Sale alguien con un vaso de agua. En la planta baja no hay nadie; el de gafas señala la escalera hacia arriba, sin dejar de mirar el monitor. Pasando el descanso me encuentro con algunos rezagados como yo que buscan acomodarse. Sigo subiendo y oigo la voz de Fucsia, que viene desde adentro: "¡Vamos, apúrense!". 

La lectura es en una especie de depósito del segundo piso. Hay una atmósfera tenue, con un par de sillones viejos y tres hileras de sillas de plástico que forman un semicírculo. Al frente hay un micrófono, sobre una pared blanca de fondo. Tratando de que Fucsia no entre en mi campo visual, encuentro un lugar en la primera fila. Me inclino un poco hacia adelante para que los de atrás puedan ver. Se hace un silencio, las conversaciones van apagándose hasta que sólo se escuchan un par de toses. El primero en leer es un pelado enorme, de boca grande, dientes raros y una barba simpática. Ahora lo ubico: es editor de una revista de humor político de la cual soy fan. Es histriónico, parpadea mucho, y lee poemas graciosos de una carpeta con folios que se mueve de un lado a otro. Tiene un humor un poco retro. Cuando está por decir la última frase, su hijita entra en escena para pedirle un pañuelo de papel. La gente se divierte, él termina de leer como puede, revolviendo en los bolsillos mientras la nena aguanta los mocos. Aplaudo desganadamente, no me siento de buen humor. Le sigue un tipo más alto y más gordo, de barba larga y pelirroja, que usa anteojos culo de botella. Se toma un tiempo para observarnos con una mirada inexpresiva, que podría ser la de un asesino serial. Empieza bien arriba, exasperado, con una voz gastada que le sale por la nariz. Actuando de perdedor lee con gracia de una forma demencial, y se le empieza a hinchar la papada hasta quedar sin aliento. Suelta poemas y mini relatos delirantes, su vida transcurre en internet: conversaciones por chat, música, películas, pajas y otros fluidos corporales. Hace una pausa, se tranquiliza y baja la voz. Todo el tiempo da "refresh" y vuelve a empezar. Es un provocador inactivo, de un aplomo realmente admirable. Aplaudo con más ganas que antes. Tomo un trago de cerveza, levanto la botella a contraluz y veo que está casi vacía. Eructo internamente. La lectura continúa con un flaco que habla muy bajo y me pone nervioso. Comparándolo con el anterior, le sobra mucha pared a los costados. Es bastante raro, tiene la vista clavada en el piso y se hamaca de un lado a otro, como Dustin Hoffman en esa película donde hace de autista. ¿Es de así de verdad o es mentira? Todos se ríen y eso me alivia la culpa. Fuera de programa presentan a una chica especialmente invitada. Tiene cuerpo de varón, el pelo no muy largo peinado de costado y unos lentes en punta, iguales a los de Victoria Ocampo. Pide una silla, se la alcanzan. Cuando empieza a leer, directamente no entiendo de qué habla. Se dirige a un alguien indefinido, y por el tono parece que le diera órdenes. O sentencias. Pero seguramente soy yo el que está un poco disperso, además mucho de poesía no entiendo. La gente aplaude entusiasmada, y ella hace muecas de vergüenza. Huelo un porro y veo que viene pasando de manos por detrás mío. Sobre mi hombro reconozco esa mano chiquita, de uñas cortas, que me pasa una tuca a la cual le queda poca vida. Le doy un par de caladas, hago subir el humo en línea recta, y de a poco el entorno empieza a acomodarse de otra forma.

Adelante aparece el flaco de mirada tranquila y acento centroamericano que me crucé en la puerta. Tiene un aspecto caribeño; piel oscura, bucles, sonrisa de chico y dientes de conejo. El suéter le queda corto y se lo acomoda todo el tiempo. Es cierto, lo veo con una camisa verde y perfectamente podría ser un camillero. Parece un poco tímido. Dice que se llama Frank Báez, hace una breve introducción para agradecer, contar que es dominicano y tal, pero de repente algo se modifica en él. Se queda mirando hacia un punto en la nada. "¡SOY LA MARYLIN MONROOUUUUU DE SANTO DOMINGO!", suelta de golpe, y un par de chicas aúllan. Lo veo así medio barbudo y me lo imagino con peluca platinada y el vestido blanco escotado, con pelos en el pecho, meneándose entre los autos del malecón. El aire que lo rodea empieza a moverse en remolinos. "¡SOY UN MONSTRUO QUE MENSTRUA!", sigue después el poema, y sin que nos demos cuenta nos atrae con su influjo gravitacional. Ahora giramos como satélites alrededor del planeta Báez. "¡SOY LA CICCIOLINA!" Degusta el sonido de alguna palabra como si tomara de un frasco el caramelo de su color preferido. Las desmenuza, les saca el jugo, las repite como un loop hasta que pierden el significado y sólo dejan melodías flotando. Hay un placer fetichista en su forma de decir, y se genera un efecto físico: ahora su cuerpo ocupa la pared entera. Es un freestyler, un juglar moderno, un reggetonero sin música ni mujeres que bailen, pero dispara con gracia, más bravo que cualquiera, se planta y dispara: pá pá pá pá pá, y todos bailamos mentalmente. Fucsia y una amiga aúllan, le gritan algo, yo también casi lo hago, pero me contengo. Habla de los jevis dominicanos, ex aficionados al baloncesto que echan panza y pelos en la espalda, de policías que gustan de la poesía que él escribe, de poetas de veintidós años que ya escriben mejor que él. "A los veintidós te sientes como una central atómica, después de los treinta, como el operario de la central atómica", recita en un poema que se llama “Treinta años”, y es como si estuviera leyendo mi mente. Surfea una ola que nos cae encima; vuelvo a mirar, y sólo veo a un tipo parado contra una pared blanca. Se oyen aplausos, y yo también aplaudo.

La sala está vaciándose de a poco. Lo veo charlando con un par de personas en el descanso de la escalera, por donde va bajando la gente. Me viene a la mente "Hello, Frank", el tema de Sumo con esa musiquita del principio. Ensayo el saludo para mí mismo; "hola Frank, ha sido muy inspirador escucharte. Venga un abrazo, compañero", y ya su tono se me ha pegado. Estoy a punto de seguir de largo, pero tengo que decirle algo. Que lo quiero, y darle un abrazo, pero temo que piense que soy víctima de un arrebato gay. Me acerco despacio, él deja de hablar y me mira. Se me ocurre decir "te felicito" y le apoyo una mano tímida en el hombro. "Venga, gracias", sonríe, y me palmea el hombro también. Bajo las escaleras sintiendo que la antigua euforia me está abandonando. El resto de mi cerveza está caliente. Paso junto a una pila de libros y veo el de Frank donde lo dejé antes. Leo el título: “Postales”. No lo quiero comprar, de momento prefiero quedarme con la resonancia que sus palabras aún tienen en mí. Ahora sí que me siento un poco gay. Cruzo la calle y me doy vuelta por última vez; la librería es lo único que se mueve en toda la cuadra. Al fondo del local distingo a Fucsia, que toma tragos cortos de un vaso que alguien le convida. Sostengo la mirada hasta que ella parece enfocar en mí. Entrecierra los ojos, y yo levanto la mano para saludarla. Se queda mirando un momento hacia afuera y después sigue hablando. Seguro que no me vio. Pobre, es tan corta de vista...





Noviembre de 2010.





























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