lunes, 17 de enero de 2011

Nuestra Gaby Sabatini




Ni bien nos mudamos al barrio supe que el jefe de la cuadra era una chica. Mis viejos seguían vaciando cajas y yo andaba por ahí, explorando, cuerpo a tierra entre matas de pasto crecido. La imagen de Sandra se me apareció de golpe, parada al otro lado del alambre que dividía el fondo de nuestras casas. El de ella era mucho más grande, y con los años sería cancha de fútbol, tenis, sofbol, handbol y cualquier cosa que nos diera excusa para mancharnos la ropa de verde. Hoy todavía sueño que desde mi cuarto oigo voces que juegan, entonces trepo al alambrado buscando con la vista en ese parque inmenso, pero no veo a nadie. Sandra me seguía mirando fijo y no decía nada. Creyendo que estaba ahí desde antes, me levanté de golpe y así nos quedamos un momento, estudiándonos. Ella, con la pelota dominada bajo un botín de tapones blancos, y yo, sacudiéndome el pasto con un poco de vergüenza. No sabía adónde mirar; si a esos ojos grises, al botín Adidas reluciendo bajo el sol, o a la pelota número cinco de gajos rojos y blancos. Qué hacés, dijo. Explorando, respondí. Su corte de pelo era como el mío, con un flequillo abultado que le tapaba los ojos. Usaba unos shorts que le iban grandes, con medias de fútbol y los cordones atados a los tobillos. Tenía una cara linda, con pecas, y era más alta que yo. Te gusta el fútbol, preguntó, con una voz ronca. Claro, apuré, y de qué cuadro sos, desafió. De Boca, y vos. Silencio. Bajó la vista a la pelota y yo la bajé con ella. Los colores: rojo y blanco. Volvió a mirarme, con una ceja levantada. Era de River, claro. Otro silencio. Largo. Un tábano pasó por el medio. El sol de las tres de la tarde hacía crujir el pasto. Te juego un cabeza, dijo, y fue hasta el final del alambrado. La seguí, me mostró un agujero por donde pasar y me avisó que tuviera cuidado con las puntas.


El papá de Sandra se llamaba Luis. Era alto, usaba bigotes, tenía poco pelo arriba de la cabeza y mucho a los costados y atrás. Era dueño de un corralón de materiales, lo veíamos ir y venir con una carterita negra apretada bajo el brazo, media sonrisa y una expresión que casi siempre era de fatiga. Fumaba mucho, gargajeaba otro tanto, y también hacía toser a un Ford Taunus que tenía problemas con el embriague. Elena, la mamá de Sandra, también tenía la voz gastada por el cigarrillo. Nunca se quitaba los ruleros, que usaba debajo de un pañuelo de tela brillante, como de seda. Nadie pudo saber si alguna vez se le armaron los rulos o no. Barría la vereda varias veces por día, y entre sus dedos siempre había un cigarrillo consumiéndose de a poco. Cuando pasábamos, sacaba caramelos del bolsillo del delantal, sonreía y nos acariciaba la cabeza. Sandra tenía un hermano más grande, Walter, que trabajaba con Luis. También era muy alto, tenía granos, frenos en los dientes y era bueno con nosotros. Jugábamos al fútbol en la calle, y si estábamos en un partido bravo contra los pibes de la otra cuadra, entraba a robarse la pelota, eludía a todos los contrarios y les hacía un golazo. Se despedía saludando con los brazos en alto, y los otros iban a quejarse con Sandra. Era macanudísimo. Walter me hizo escuchar por primera vez a los Beatles. Los sábados a la tarde dejaba que Sandra y yo entráramos a su habitación. Estaba llena de estantes con vinilos, pósters de River Plate, de chicas, de los Beatles y de otros grupos que yo no conocía. Abstraído, repetía ante nosotros el ritual de sacar el disco de la funda, soplar la púa y posarla con cuidado sobre el vinilo. Y se divertía viendo cómo nos brillaban los ojitos cuando ponía el volumen al mango. A los gritos sobre la música, describía Liverpool tan nítidamente como si hubiera estado ahí. Mientras yo imaginaba la niebla entrando en el puerto de esa ciudad lejana, Sandra se inclinaba sobre la guitarra criolla a seguir los punteos de Harrison. Algunas de esas noches de sábado la familia me invitaba al estadio del club de Nueva Chicago. Ahí se corría la categoría Midget; unos autos enanos que básicamente giraban alrededor de un circuito, hasta que uno chocaba a otro y se armaba un zafarrancho de autos volando por el aire. Era común ver a alguno rodar como una lata en llamas hasta dar contra el muro de contención. El piloto lograba escapar de la jaula retorcida, hecho una bola de fuego humana, y se agarraba del alambrado frente a nosotros mientras los bomberos extinguían las llamas de su cuerpo.


Entre las siete y cuarto de la mañana casi todos los chicos del barrio salíamos para el colegio. Un día vimos que Walter abrazaba a Sandra my fuerte, hasta levantarla del suelo. Después, lo mismo con Elena y con Luis. Se estaba despidiendo. La primera que lloró fue la madre, y se fueron contagiando, pero él se contuvo y les dejó una sonrisa final. Pasó junto a mí guiñándome un ojo, le tocó la cabeza a mi hermano, y así lo vimos irse hasta la esquina. Llevaba una bolsa marrón al hombro, que era como una morcilla gigante, y bajo el brazo un paquete de sanguches de milanesa. Escuché que Elena gritaba que tenían que durarle dos días, por lo menos. Luego descansó la cabeza sobre el pecho de Luis mientras lo veía doblar, sin saber que volvería recién casi dos años después. Sandra iba al colegio a la tarde, así que entró corriendo y no volvimos a verla por un par de días. Crucé con la mirada hasta la vereda de la casa de Faina, para ver si sabía algo. Faina abrió mucho los ojos y levantó los hombros, negó con la cabeza, no tenía idea. Después le dio una patada suave en el culo a Juampi, el hermano menor, para que apurara el paso hasta el micro que les tocaba bocina. Anduvimos tristes durante un par de semanas, pero no nos animábamos a preguntar adónde se había ido Walter. Pero pasó el tiempo, y nos fuimos olvidando. Seguí escuchando a los Beatles en un cassette que yo mismo había compilado, grabando temas de la radio. Juntando los vueltos de un año me había comprado un Walkman; mi mamá me cosió una especie de carterita de jean para colgármelo y llevarlo a todos lados.


Faina era mi mejor amigo. Los domingos a la mañana la madre y la abuela me invitaban a la iglesia, y a mí me encantaba. Yo no estaba ni bautizado, y en las partes en que había que rezar hacía la mímica. Me fascinaba el eco de la voz del cura rebotando en el mármol, y esas líneas de luz recta que bajaban desde la cúpula altísima. Muy nítidas veía flotar las partículas de polvo que se alzaban desde los tapados de las señoras, y pensaba que esa claridad que tocaba las primeras filas era Dios. Y trepaba con la vista entre figuras hermosas hasta ese cielo cóncavo, donde los ángeles envueltos en telas de colores brillantes se mostraban compungidos y medio desnudos. Cuando la misa terminaba salíamos corriendo por el pasillo del centro y nos lanzábamos a resbalar con todo el cuerpo sobre el piso recién pulido. Faina era medio rubio, como yo, pero más bien gordo e impulsivo. Cuando se calentaba hacía rechinar los dientes, y una mancha roja le subía por el cuello y se prendía a los cachetes. Cada tanto nos agarrábamos a las trompadas, la regla tácita decía que siempre fuera con la mano abierta. Todavía tengo esa sensación en los dientes de la vez en que le arranqué de una mordida un pedazo de buzo de plush, color amarillo patito. Como yo no tenía un gran físico, cuando peleaba acortaba distancias para morder a mi rival. Faina lo sabía y me frenaba a cachetazos. Muchas veces, en medio del entrevero de piñas y patadas que volaban para todos lados, yo me daba cuenta de que en realidad peleábamos por la atención de Sandra. Y al final siempre volvíamos a ser amigos. Pero Sandra nos fajaba a los dos. La mirábamos embobados aún cuando nos tenía contra el cordón de la vereda, y nos daba trompadas en las costillas. Era una fenómena; jugaba al fútbol que daba gusto y ni entre los dos lográbamos quitársela. La corríamos desde atrás y nos turnábamos para tirarnos a los pies, y ella saltaba esquivando las patadas. A Faina y a mí nos gustaban dos chicas que vivían a la vuelta. Cuando pasaban por nuestra vereda yendo al almacén, dejábamos de jugar y nos quedábamos mirándolas. A Sandra le daban celos y las cagaba a pelotazos.


No existía hacer otra cosa que no fuera lo que ella quería. Así nos convencía de que por ejemplo saltáramos al vacío desde la parrilla de mi casa hasta la rama horizontal de un ciruelo, tal vez creyendo que éramos un grupo de trapecistas rusos. Más de una vez alguno le pifió y se fue de jeta al piso. Jugábamos a la guerra y nos arrojábamos detrás de las trincheras que armábamos con pedazos de madera, y repetíamos varias veces cada escena, porque sí, como si fuéramos dobles de riesgo. Sacábamos cañas del terreno baldío junto a la casa de ella, usábamos tanza para construir arcos y cortábamos flechas bien rectas y afiladas, que atravesaban la carne jugosa de tronco de los bananos. En verano hacíamos casas bajo la sombra de un paraíso enorme. Metidos ahí adentro en tardes de lluvia, con goteras que nos daban en la cabeza, Sandra me hizo algunas pajas. Yo sentía su indiferencia, tal vez había algo de curiosidad pero ningún compromiso físico. A mí me gustaba en el momento, pero después me quedaba con una carga rara, angustiado, como si la paja me la hubiese hecho otro pibe.


Una mañana en vacaciones de invierno jugábamos en la calle cuando de golpe Sandra salió corriendo para la esquina. La seguimos con la mirada y la vimos volar en el aire hasta los brazos Walter, que soltaba la bolsa marrón para recibirla. La hizo girar y girar mientras le daba besos y se asombraba del estirón que había pegado. Cuando volvió a bajarla pareció agotado. Venía vestido de verde, tenía el pelo muy corto y estaba más flaco. De cerca vimos que ya no tenía granos ni aparatos en los dientes, y que toda la cabeza estaba cruzada por rayones blancos. Sandra lo guió de la mano en silencio, Walter pasó frente a nosotros con una sonrisa pálida y entraron. No lo vimos hasta un par de meses después.


Cuando volvió a invitarnos a escuchar música en su habitación, vi que había arrancado todos los pósters. Sólo quedaban algunas puntas de cartulina clavadas con chinches y rectángulos más claros que el resto de la pared. Ahora ponía discos de Joni Mitchell e Invisible, sin subir demasiado el volumen. Con la vista en un ángulo del techo Sandra prestaba atención a la música y después apoyaba las yemas de los dedos en las cuerdas de la guitarra. Esa música parecía más complicada, se notaba que estaba tocando mejor. Walter la miraba practicar en silencio, sentado en la cama con la espalda en la pared. Noté que le había crecido el pelo. De Invisible me llamó la atención una letra que hablaba de un astronauta que iba por el espacio con un banderín de River Plate sobre el comando. Le conté a Walter que por Sandra me había hecho de River, y se empezó a reír. Aproveché para preguntar adónde se había ido. Sandra dejó de tocar y me miró. Él contó que se había ido a la colimba, y cuando casi estaban por darlos de baja los mandaron a la guerra. Hablaba como con sueño, mientras cerraba los ojos y se echaba de costado en la cama. Pensé en la guerra y me la imaginé en blanco y negro. Por esas películas que daban el sábado a la tarde. Sandra siguió tocando y a mí no se me ocurrió nada más para decir. Sólo después de un rato me animé a pedirle que me copiara en cassette el disco de Invisible.


Y en los meses que siguieron no hice más que escucharlo. Iba a todos lados con el walkman en mi carterita. En las noches del verano invitábamos a los pibes de la otra cuadra, a las chicas de la vuelta, y se armaban unas escondidas memorables. Duraban hasta la una o dos de la mañana, nuestros viejos sacaban sillas a la vereda y se quedaban conversando. Valía esconderse en todo el barrio, sin pasar el límites de las avenidas. A Sandra le gustaba medirse con cada uno de nosotros en la carrera hasta la piedra, y se ofrecía para contar primero. Yo hacía un par de cuadras a toda velocidad y me procuraba un escondite bien alto. Trepaba las ramas de algún paraíso hasta donde las hojas abrazaban las luces de la calle. Y ahí me quedaba, esperando. Mientras, me distraía con los bichos que zumbaban alrededor de los halos amarillos, y se largaban en picada hacia la luz. Entonces me calzaba los auriculares y le daba play al walkman. Me gustaba el tema tres: "Alarma entre los Ángeles". Era de rock progresivo, instrumental. La música me hacía pensar en los ángeles que veía los domingos, y los imaginaba preocupadísimos, dando vueltas sin parar, como los bichos, porque Dios los había cagado a pedos, o algo así.


Después vino la época de Gaby Sabatini y a todos los chicos del barrio nos vino el entusiasmo por jugar al tenis. Mi viejo había conseguido dos raquetas de aluminio, livianas, pero muy blandas; se deformaban al menor golpe. Mi mamá nos había hecho a mi hermano y a mí un par de equipos de gimnasia, con los mismos colores, pero invertidos. Faina había pegado un conjunto de chomba, shorts, medias y zapatillas Ellesse, en tonos de amarillo y blanco. Siempre el amarillo patito, nos burlábamos, y él se defendía diciendo que era un regalo de la abuela, que elegía los colores del Vaticano. Pero había que ver a Sandra, toda de blanco y en pollerita corta, saliendo de la casa como en cámara lenta, brillando al sol en un halo de esplendor. La vincha le aplastaba el flequillo sobre los ojos, que parecían más chicos y duros. Nos codeábamos entre nosotros: el cuerpo le había cambiado, ya era una mujer. Nos reunimos alrededor de ella y la vimos desenfundar una raqueta de grafito azul impecable, con brillos que nos dejaban ciegos. Era una Prince, como la de Gaby, y en el encordado tenía impresa una letra "P", enorme y dinámica. Mi hermano y yo miramos las nuestras, y no decían nada.


Íbamos a jugar a unas canchas de polvo sobre la avenida Provincias Unidas. Sandra entraba primero y dedicaba unos minutos a elongar. Alguno de nosotros entraba con ella y los demás nos quedábamos sentados en un banco al costado de la cancha, esperando turno. Íbamos pasando y ella nos daba el pesto sistemáticamente. Jugaba muy tranquila, sobre la línea del fondo, y resolvía todo desde ahí. Nos dejaba hacer algunos puntos hasta que metía un sablazo junto a la línea, o un revés cruzado bestial que ni tenía sentido ir a buscar. Y se quedaba en esa última figura, estática, con las rodillas flexionadas, el brazo extendido y la raqueta paralela al piso. Concentrada en la postura, imaginando la gloria y los flashes. Yo lograba aguantarle un poco más cada punto, y la hacía correr bastante. Usaba la muñeca y la obligaba a venir a la red jugándole bolas cortas con efecto, que caían muertitas entre el fleje y el final de la red, ahí donde tejen las arañas. Perder un game la volvía loca, simplemente porque no estaba en sus planes. Entonces, caminaba serenamente hasta el fondo de la cancha, picando la pelota, y el próximo saque te lo apuntaba a la cabeza.


El entusiasmo se nos fue yendo, lento, de forma casi imperceptible, como se iban los días, las estaciones y los años. Sandra dejó de usarnos como sparrings y siguió yendo a entrenar sola. Desde el club Huracán le llegó la oferta de federarse como junior, los demás fuimos teniendo otros intereses. Las chicas de la vuelta venían a comprar cigarrillos a nuestra cuadra y pasábamos horas en la puerta de lo de Faina. Sentados con Flavia y Paulita en el cordón de la vereda, veíamos llegar a Sandra, muerta después del entrenamiento de la tarde. A estudiar y al otro día levantarse temprano para el colegio. Nos saludaba de lejos, y mientras cerraba el portón nos contaba rápidamente en qué andaba. Y antes de verla desaparecer con las últimas luces, le decíamos que ella siempre iba a ser nuestra Gaby Sabatini.


Mudarnos a Ramos Mejía fue como irse a vivir Nueva York. Bajaba de mi edificio y me cruzaba con caras desconocidas, y a la vez nadie me conocía a mí. Ni yo me conocía. Me sentía vacío, sin personalidad, anónimo entre la gente que se se reía en las marquesinas, o se agolpaba en cada esquina para cruzar las avenidas. Las ruedas del skate tropezaban en la unión de las baldosas y en la calle no se podía andar, por el tránsito. Así me entregué al aire viciado de las casas de videojuegos. Ahí adentro no se sabía si era de día o de noche; me pasaba horas frente a las pantallas aunque no tuviera plata, respirando ese humo quieto, como una bruma, aturdido con el estruendo de musiquitas superpuestas, sólo viendo muñequitos moverse. En un antro de esos vi por primera vez a dos flacos más grandes que yo darse un beso en la mejilla, y usar la palabra "vieja" en vez de "viejo". Ejemplo: "¿Que hacés, vieja?.


Una tarde no aguantaba más la tristeza y llamé a Faina desde un teléfono público. Me contó que estaba de novio con Flavia y que Paulita andaba saliendo con un equis. Quise romper la cabina a telefonazos. Y que a Sandra le habían descubierto una enfermedad en la cadera, y era posible que tuviera que dejar el tenis. Me quedé peor que antes. Prometí tomarme el noventa y seis e ir a visitarlos algún día, pero nunca lo hice.


Terminaba de armar las entregas para la carrera de diseño en un Taller 4 flamante que habían abierto sobre la calle Belgrano, al lado de Musimundo, donde antes había un cine. Una tarde tuve que hacer fotocopias color y me atendió un flaquito nuevo, tenía el pelo largo y de aspecto sucio, con un flequillo que le tapaba los ojos. Usaba una remera gastada de los Ramones, y cuanto preguntó qué necesitaba, oí su voz y se me puso la piel de gallina. Era Sandra. Bajé la vista automáticamente. Le di las indicaciones y la miré de reojo mientras operaba la fotocopiadora. Era Sandra, no había dudas. La vi muy pálida, descuidada, flaca y con los pómulos hundidos. Parecía un varón. Al verla venir con las copias noté que le costaba caminar. Pagué, enrollé las láminas y salí lo más rápido que pude.


Cada vez que tenía que volver repasaba mentalmente lo que iba a decirle. Ella se quedaba el el fondo del local, y cuando me veía llegar se acercaba al mostrador y decía: "qué hacés". Así, secamente. Yo no sabía si lo decía porque me había reconocido o simplemente porque ya era un cliente habitual. Ante la duda bajaba la vista, daba las indicaciones, pagaba, agarraba mis cosas y me las tomaba. Mi mamá llegó un día contentísima, diciendo que había ido a hacer unas fotocopias para el trámite del monotributo y se había encontrado con Sandra. Siempre tan amorosa, tan deportista ella, qué pena verla así, tan dejada, pobrecita, decía. Y que estuvieron hablando un montón, que se acordaron del barrio, de aquellas épocas, y me mandaba muchos saludos.


Me acredité como fotógrafo para un festival de punk lésbico que se estaba armando en Cemento, para festejar el día de la mujer. No sé, me pareció interesante. Cerraban She Devils y Sugar Tampaxxx. En la puerta había dos chicas con cresta, tiradores y tatuajes, onda chaboncito. Tomaban del pico y le pasaban la cerveza a dos punkies un poco más fashion, lindas, con piercings en la nariz, que se reían de todo lo que decían las otras. Adentro se oía un quilombo infernal. Las alarmas de los autos saltaban con el ruido. El mismísimo Chabán buscó mi nombre en la lista, bajando una regla transparente sobre el papel. Me miró por encima de los lentes. Vi que tenía tapones en los oídos. "Pasá", dijo. Le di las gracias y pasé, pero noté que me seguía mirando. "Escuchame", volvió a decir, "no te pierdas a Sandra y las del Fuego, están tocando justo ahora. Alta imagen, metele, chau". Palpitaciones. Me apuré a pasar la cortina mugrienta y el sonido se volvió agudo, enloquecedor. La vi de lejos y todo avanzó en cámara lenta, como en un sueño. Traté de setear la cámara sin poder pensar claramente. Las luces y el escenario quedaban al final del tubo de un caleidoscopio. Empujé con fuerza entre cuerpos lubricados de sudor, protegiendo la cámara de las patadas que volaban, esquivando a los que saltaban del escenario y caían cerca. El olor a chivo estaba reconcentrado. Estudiando la luz pensaba en aperturas de diafragma y velocidades de exposición, pero las cuentas no me salían. Logré llegar hasta el escenario y me ubiqué al lado del borcego derecho de Sandra. Desde abajo, su imagen se veía enorme, monumental. Concentrada, mantenía la vista en un punto sobre la cabeza de la gente, mientras hacía rabiar a la guitarra. Tenía los brazos cubiertos de tatoos, el pelo muy corto, unos chupines rojos de tela escocesa y una musculosa blanca, empapada, que se adhería a las tetas. En el estribillo pegaba unos alaridos tremendos y la vena del cuello se le hinchaba, como a punto de reventar. Una gota de sudor resbaló por su nariz y me cayó en la lente de la cámara. Empujado de un lado a otro por la pequeña multitud traté de limpiarla con un pañuelo de papel, y en ese momento Sandra me vio. Se distrajo y olvidó la siguiente estrofa. Pero se reía y me seguía mirando, incrédula; las otras chicas hacían los coros y le echaban miradas de costado. Después salió del escenario para a buscar agua; pude ver que caminaba peor que la última vez. Volvió al centro, se vació en resto de la botellita en la cabeza, se puso de espaldas al público, contó los compases con al resto de la banda, dio un guitarrazo y ahí terminó el show. Se desató una ovación. Después del saludo final en grupo, largó la guitarra, tomó impulso y se arrojó a la gente. Decenas de manos la hicieron flotar a la deriva bajo las luces de colores. Sandra se dejaba llevar, feliz, con los ojos cerrados y con los brazos abiertos. Yo la seguía de cerca, y en ese instante saqué la foto que expuse en mi primera muestra. Después estiré un brazo y toqué la punta de los sus dedos, ella se dio vuelta y me vio. "Qué hacés", dijo, y me volvió a sonreír.




Mayo de 2010.












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