domingo, 3 de mayo de 2009

Colchón de espuma





Desvió la vista luego del párrafo que develaba el misterio y se quedó un rato largo con el libro abierto sobre el pecho, mirándose la punta del pie en el apoyabrazos del sofacama. Hacía dos días que el viento que venía del mar trataba de arrancar los postigos del ventanal del frente. Por más que mantuvieran toda la casa cerrada, la lluvia horizontal se empeñaba en penetrarla a través de las filtraciones del techo y las rajaduras en el zócalo. Había goteras y los pisos nunca terminaban de secarse, la humedad se sentía en la piel pegajosa, la ropa pesaba en el cuerpo y había tomado el olor a encierro de la casa. Se oía un silbido constante que por momentos parecía querer decirles algo.
Un día antes de la tormenta, un “virus del calor” la había tenido a ella volando de fiebre durante toda la madrugada. Además de los vómitos y la náusea permanente, el chiste había incluido el traslado en una ambulancia destartalada hasta el hospital del pueblo más cercano, con goteo de suero para que el cuerpo se hidratara y asimilara la medicación, según había explicado el médico de guardia.
Y antes de eso, un misterioso ataque de llanto la había tirado en la cama durante otras veinticuatro otras. Entre gárgaras de tristeza y el hilo de moco aguachento que le colgaba de la nariz, había mojado toallas, sábanas y almohadas, además de agotar todas las provisiones de pañuelos de papel. No sé que me pasa, volvía a repetir, antes de ahogarse una vez más. Mientras, él rondaba la casa como un animal enjaulado, sin saber ayudarla, tratando de buscarle sentido a la situación. Se sentía impotente y egoísta. Afuera, pasando la curva del camino hacia la derecha, mientras el sol describía su arco de esplendor, la gente se agolpaba en las playas, que olían a bronceador de coco y choclos con manteca.
Ahora, de este lado del tiempo y la tormenta, ella tiraba los dados, que repiqueteaban de un modo insistente sobre la mesa de madera rústica. Sin demostrar entusiasmo y como si los supiese de antemano, anotaba los resultados en dos columnas: una con el nombre de ella y otra con el nombre de él, que había abandonado la partida un rato antes para volver al sofá y al libro. Era imposible; él no tenía suerte en los juegos de azar. Resignado, había observado cómo en manos de ella los dados arrojaban combinaciones maravillosas, sumando puntos de a miles, y a su turno apenas lograba sumar de a ciento cincuenta. Fingiendo un bostezo, la había descubierto anotándose puntos de menos para dejarlo ganar, lo que a pesar del buen gesto, no dejaba de parecerle humillante. Para no aburrirse, ella siguió tirando los dados por él. Jugaban al “Diez mil”, y al momento en que se había retirado, ella sumaba casi cinco mil puntos, y él, cero.
–Listo. Te gané. Diez mil a cuatro mil quinientos. Me voy a dormir la siesta –dijo ella sin verlo, en un tono inexpresivo, no tanto para comunicárselo a él, sino para escuchar su propia voz después de dos días de un escaso intercambio de palabras.
Distraído, él no supo si la había escuchado o lo había imaginado. Parpadeó, movió el dedo gordo y todo el pie reapareció ante sus ojos. Ese mínimo gesto le devolvió la sensación de tener cuerpo. Las pupilas se dilataron hasta percibir la sombra desnuda de ella, que la luz oscura de la tarde proyectaba sobre la puerta de la habitación.
Cuando la puerta se cerró, él se preguntó si del otro lado ella seguiría existiendo. Los postigos todavía vibraban con el viento, aunque la lluvia parecía haber pasado. Sólo se oía el sonido del mar que mordía las piedras allá abajo. Combatió el impulso de levantarse para abrir las ventanas, y sin moverse del sofá, se divirtió con la idea de que ella fuera la imagen de Justine en la novela de Bioy. ¿Sería él también una imagen proyectada de sí mismo? Últimamente se movían en distintos planos de realidad, casi sin tocarse. Más allá de la ocurrencia, tampoco estaba de ánimo: la barrera entre los dos no estaba hecha más que de silencios. Practicó para sí mismo una sonrisa falsa.
Todos los días, antes de la tormenta, los vómitos y el llanto; se habían levantado temprano para desayunar café con leche y pan casero con mermelada, mirando el mar desde la mesa de madera rústica que daba al ventanal. Habían pasado largos minutos en silencio, viendo desde arriba cómo la espuma de las olas corría sobre la arena, hasta que alguno de los dos rompía el hechizo haciendo tintinear la cuchara en el borde de la taza. Se reían, asombrados por la suerte de poder estar ahí, y después se dedicaban a comentar los proyectos para el año que acababa de empezar. Habían alquilado la casa por dos semanas; no era muy grande, aunque sí lo suficientemente cómoda. Estaba decorada con muebles de mimbre, adornos tapados de polvo y paredes de ladrillo blanqueado, de las que colgaban un par de sombreros de paja de colores indefinidos por el tiempo. Estaba alejada del pueblo y las demás casas de playa. Era un paraje sobre la costa donde el camino subía en una curva y después bajaba hacia otras playas, encadenadas unas con otras por grupos de rocas altas, donde los surfistas en trajes de neoprene examinaban la rompiente. En una de esas playas de arena clara, el casco de un barco pesquero se abandonaba al óxido del paso de los años. Dentro de la estructura carcomida los paseantes podían encontrar restos de fogatas, botellas vacías, y cajas de cigarrillos mojadas y desteñidas.

Retorció los trapos de piso, vació los recipientes con el agua de las goteras, destrabó los postigos y abrió las pesadas hojas del ventanal, empañadas de sal y humedad. Todavía era de día, caía una lluvia inofensiva y empezaba a hacer frío. Un sinfín de detalles reavivaron sus sentidos. El aire se renovó dentro de la casa; el viento mezclaba los olores del yodo, del pasto mojado y algún cangrejo muerto. Un sombrero salió volando, barranca abajo hacia la playa. Respiró por la nariz y se sintió lúcido, perceptivo. La línea del horizonte se veía más clara. El cielo era gris verdoso, la luz se filtraba a través de los nubarrones, dibujando manchas tenues de claridad sobre el agua. El mar, de un tono verde opaco, sólido, rugía como un animal enloquecido.
Cruzó el empedrado mojado para buscar el sombrero, descalzo y vestido apenas con unas bermudas gastadas. Llegó hasta la baranda de madera y ahí se quedó un momento, estudiando la pendiente. El sombrero no estaba por ningún lado. Encontró un sendero que bajaba entre los arbustos. Algo le llamó la atención, y cuidándose de no pisar un vidrio roto, bajó en zigzag hasta una playa corta; una abertura entre dos grupos de piedras grandes, verdes de musgo y algas podridas. Un gran manto de espuma compacta se extendía sobre la orilla. Nunca había visto algo así. Parecía un campo de claras batidas a nieve. Y el fervor de las olas traía espuma nueva, blanquísima, que quedaba encallada entre las piedras, en cuencos de formas orgánicas e irregulares. Juntó un poco entre las manos y se la pasó por la cara, los brazos y el pecho. Sintió cómo la piel se tensaba y el yodo le entraba por los poros. El mar se retiraba y ahí quedaba la falsa nieve efervescente, crepitando en la arena mientras se daba un breve lapso de silencio.
Trepó a una piedra afilada que entraba en el mar cortando las olas. Observó los hilos de agua que se abrían paso a través de las grietas, como lo habían hecho durante siglos de erosión. Iban avanzando a medida que subía la marea. Piedras en punta y pedazos de caracol se clavaron en los pies cuando bajó al agua. Estaba tibia y desde ese punto pudo ver que las olas eran altas, trayendo coronas blancas que se disolvían en la bruma. Guirnaldas de plantas marinas se le enroscaban en los tobillos cuando el mar bajaba para volver con más fuerza. El viento le golpeaba la cara y silbaba en los oídos, avanzó unos pasos y ya tenía el agua por la cintura. Ahora le costaba mantener el equilibrio; las olas iban rompiendo una detrás de otra, la corriente se lo llevaba hacia adentro y el fondo se empinaba. Se dio vuelta: la casa allá arriba se ocultaba detrás de unos pastos altos. A lo lejos vio un bulto que se movía en la curva de la costa. Afinó la vista; era algún tipo de animal, una especie de pantera, pony o perro gigante. El pelo negro colgaba en matas que rozaban la arena, y caminaba lento, arrastrando unas patas largas. Venía doblando la curva, en dirección a él. Cuando lo vio, el animal levantó la cabeza y se quedó quieto. Después, avanzó con un paso distinto, ligero, en alerta, con el cuello y el lomo en una misma línea.
El agua ya le llegaba hasta la mitad del pecho. Sintió miedo, aunque también algo de curiosidad. El animal frenó de golpe, a mitad de distancia entre la casa y él, y se quedó esperando con el lomo erizado y la cabeza baja, en posición de ataque. Viéndolo mejor quiso pensar que era un perro. Un perro negro, grande y peludo. ¿Era un perro? La marea bajó de golpe, trayéndolo hacia adentro. Trató de mantenerse; iba enterrándose en el fondo y los pedazos de caracol le lastimaban los pies. Usó los brazos, pero la fuerza del agua no lo dejaba volver. En el instante en que una ola se levantaba, de pronto un pie ya no tocó el fondo: perdió el equilibrio y se hundió. Bajo el agua sintió que todavía dominaba la situación y esperó que la ola pasara. Aflojó los brazos y las piernas, que flameaban como si el cuerpo fuera una bolsa de plástico a la deriva. Logró asomar la cabeza para ver que otra ola gigante estaba por aplastarlo. El golpe lo revolvió, lo hizo girar sobre sí mismo; las rodillas chocaban contra el pecho y los pies no encontraban el fondo. Tragó agua, perdió el dominio del cuerpo y cayó en un pozo de confusión. Cuando pensaba que podía liberarse, otra ola cayó con violencia, llevándolo de nuevo hacia abajo. Sintió el gusto de la sal bajando por la garganta. Perdía la paciencia y la energía. ¿El perro seguía ahí? Pensó en los dados y la mala suerte. Quizás, la actitud negativa influía en los resultados. Se acordó del viaje en ambulancia. Iba sosteniendo esa mano débil, sentado en una silla de ruedas, el único lugar disponible. Ella estaba en la camilla con la mirada perdida en el techo, viendo las máscaras de oxígeno que colgaban y se movían, amenazantes. Después, había tenido que desviar la vista cuando la aguja del suero encontró la vena. Se lamentó de no haber podido terminar La invención de Morel.
Un segundo intento. Desde el fondo oscuro vio un halo de claridad y trató de nadar hacia ahí. Asomó la cabeza y respiró profundo. Sintió asco y agotamiento. Le faltaba el aire, los brazos eran de goma y las piernas habían desaparecido. Otra ola se acercaba peligrosamente, pero esta vez la vio venir y adelantó el cuerpo para tomar impulso. Las olas llegan a la costa siguiendo un patrón definido, pensó, y empezó a contarlas. Ahora eran ondulaciones altas, pesadas, y sólo una de cada cuatro o cinco terminaba de llegar hasta la orilla. Nadó avanzando con brazadas torpes, pero decididas.
Salió del agua gateando. Las rodillas temblaban y los brazos se le vencían. El frío hacía rechinar los huesos. Se ahogó y tosió y se convulsionó vomitando toda el agua salada, que salía por la boca y la nariz. El horizonte empezó a abrirse y un tímido haz del atardecer proyectó su propia sombra, sobre la espuma que seguía acumulándose. Llegó una ráfaga de viento que agitó la falsa nieve alrededor y desprendió partes que levantaron vuelo, formando un remolino con centro en él. En ese último aliento levantó la vista y vio al perro gigante, a los saltos por la playa como un cachorro de meses, lanzando mordiscones al aire para atrapar la espuma que flotaba, y subía la barranca en dirección a la casa. El sombrero bailaba en el borde. Sonrió, mientras todo se esfumaba, y cayó con el costado de la cara sobre el colchón.

El living estaba a oscuras. Al fondo del ventanal se veían los últimos colores del horizonte. Las gotas de lluvia de la tarde todavía temblaban en los vidrios. El farol de la calle le daba a la escena un tono amarillento, proyectando sombras hacia adentro de la casa, que a su vez se teñían del azul de la noche. Y él, que estaba muy quieto desde hacía un rato, también era azul. Acurrucado en el sofacama con los brazos alrededor de las piernas, en un rincón oscuro, miraba todo ese mar, que se movía como una respiración lenta. Hubo un clic que sacudió el silencio. Llevó la vista a la puerta de la habitación, que se abrió sin hacer ruido. Apareció ella, bostezando. Desde su rincón oscuro, la vio parada bajo el marco de la puerta, con la mano sobre el picaporte, perdida en la noche a su alrededor. La adivinó hermosa, con el bretel del camisón blanco por la mitad del brazo, y el pelo de princesa hecho una maraña sobre la cara. Esa cara de dormida tan graciosa que tenía al despertar. Cuando ella se dio cuenta de que él estaba ahí, hizo una mueca tonta y levantó una mano para saludarlo. Él sonrió, y desde su lugar levantó una mano también.
–¿Qué pasó? –preguntó ella, con aire infantil. 
Él arqueó las cejas y pensó un segundo:
–Nada, ¿por?




Febrero de 2009

Homesick




Aunque ninguno de los dos supo muy bien para qué, habían quedado en encontrarse en la misma esquina de la última vez. Ya había pasado casi un año. El lugar del encuentro era en un paseo transitado y ruidoso al costado del cementerio de la Recoleta. Cuando él llegó, ella charlaba con dos amigos que había encontrado de casualidad. Al verlo no le prestó mayor atención, lo saludó como si se tratara de otro encuentro casual, sin presentarlo a los demás. Él la besó en la mejilla con fingida soltura, sin sumarse a la charla. Aunque el color natural de ella era castaño oscuro, casi negro, ahora llevaba el pelo platinado, casi blanco, de un largo que apenas le rozaba los hombros. El flequillo cortado con precisión milimétrica ocultaba sus cejas, y endurecía la expresión de sus ojos negros, pequeños y vivaces. Si bien el pelo se veía algo sucio y ella no parecía haberse arreglado especialmente para esa ocasión, el cambio no le sentaba mal. Ese color era coherente con su personalidad "eléctrica". Así y todo, pensó, la prefería morocha, peinada con una hebilla al costado, como la había conocido. La notó más delgada. Su cuerpo no abundaba en curvas; era una figura estilizada, adolescente, al estilo de un animé de belleza ambigua. Manejaba un lenguaje físico similar al de un varoncito. Estas particularidades terminaban de delinear su perfil de chica torpe, problemática, graciosa e impulsiva, lo que en verdad la hacía terriblemente sexy, incluso a pesar de ella misma.

Despidió a sus amigos, se volvió hacia él y le dedicó una sonrisa que lo desarmó. Cuando sonreía, dejaba ver sus pequeños dientes de leche, y se le hacían dos agujeritos en las mejillas. Ambos suspiraron casi a la vez y esto les causó gracia. La mirada de ella parecía vacía, triste. Él pensó que ella quizás podría llegar a oír el latido de su corazón, que daba tumbos dentro de su pecho. Se miraron un momento, parados en el medio de la vereda, sin tocarse.


-¿Vamos al lugar de siempre? -propuso ella, dando un paso rápido para tomarlo del brazo. De pronto pareció una nena ansiosa apurando al padre para salir a pasear. Y lo cierto es que su relación era un poco así. El "lugar de siempre" quedaba a una cuadra de ahí, y habían ido sólo una vez: la última vez que se vieron. Era un bar donde olía a fritanga y aunque estuviera vacío ponían la música en un volumen demasiado alto como para hablar sin gritarse. Llegaron, y también se acomodaron en el mismo sillón, el de la tarima al lado de la ventana, de espaldas a la calle. Sin pensarlo, repitieron en menú: dos brochettes de pollo y dos Coronas. La camarera tomó el pedido con una sonrisa hermética, a mitad de camino entre la indiferencia y el desprecio. Apurada, volvió a la barra con la comanda, preguntándoles a sus dos compañeras (que chusmeaban mientras doblaban servilletas) si se había perdido de algo. En el sillón, tirada de costado, ella actuaba como si no hubiera registrado el momento del encuentro, ni el hecho de que hubiera pasado tanto tiempo. Pero el "no registro" ya era algo habitual en su forma de ser. Un mecanismo de defensa, pensaba él, que siempre había tratado en vano de entender su carácter. Sin embargo, a veces lo soprendía su capacidad para acordarse detalles triviales, cuando en general se la veía orbitar lejos de las situaciones. Las miradas de los dos eran como imanes que se rechazaban. En realidad, era ella la que evitaba la mirada de él. Entonces se levantó, le preguntó a si estaba linda y fue al baño, sin esperar la respuesta. Él se había tildado, pensando una forma ocurrente de decirle que sí, que estaba linda. Ella volvió al rato, pasando por delante de la barra, componiendo una imitación aparatosa de la camarera que los había atendido, sin que la otra se diera cuenta. Era graciosa. Se sentó y empezó a hablar sin parar, con una voz chillona que se imponía a la música, pero el sentido de lo que decía y lo que expresaban sus ojos estaban a años luz de distancia. No era tristeza lo que él había visto en su mirada, era cansancio, hastío. ¿Cuánto tiempo llevaría sin dormir? Él prefirió abstraerse del soliloquio y se dedicó a mirarla. A disfrutarla. Era tan hermosa que le provocaba una especie de ansiedad en el pecho. Algo así como ganas de llorar.


Las Coronas por venir no serían ni dos ni cuatro ni seis, sino varias más. Y conforme avanzaba la noche fueron conectando, renovando la complicidad que habían tenido. Se pusieron al día con sus vidas, el trabajo de ella en la productora fue el tema casi excluyente. A su turno, él desplegó un humor de lo más ocurrente y preciso, cada nuevo remate era un golpe de risa que la hacía caer para atrás con más fuerza, agarrándose la panza, casi llorando. Se podría decir que habían vuelto a descubrirse. A gustarse. Al menos eso pensaba él. Ella volvió a hacer foco en el chico que la hacía reír, que un par de años atrás la había conquistado cantándole en plena vía pública una canción del primer disco de Miranda!. Aunque, por alguna extraña razón, quizás debido al costado inseguro de su personalidad, él nunca creía del todo cuando ella le decía cosas lindas. Un par de horas después, se besaban entre carcajadas, rodando por el sillón de cuero negro, cayéndose al piso, e ignorando a las tres camareras, que habían dejado de doblar servilletas y ahora se dedicaban a odiarlos en silencio, cruzadas de brazos. De algún modo, lo que habían tenido había sido importante para los dos. Aunque a esa altura, a él le costaba distinguir un sentimiento de un recuerdo. Y ella..., con ella era imposible saber.

-¿Y si vamos a tu casa? -dijo, alejando la cara para enfocar en los ojos de él, secándose la saliva con el reverso de la mano. Otra vez la mirada vacía, pensó él, mientras le llegaba al cerebro la información olfativa que alertaba sobre la transpiración de la axila de ella.


En el taxi, casi no hablaron. Contemplaron las calles vacías de Villa Crespo, que pasaban delante de ellos, difusas, como en una película de David Lynch. Él le tomaba la mano, pensando en lo impensado de la situación: estar volviendo a su casa con ella. Sonrió, preguntándose dónde estaría la excitación que debería sentir. Ella miró su celular: le entraba un llamado que no quiso atender. El aparato vibró una, dos, tres veces. Él fingió indiferencia. Dejando atrás el ruido y las luces, los silencios ahora se hacían demasiado largos. O eso pensaba él, quizás ella estuviera en otro planeta, como de costumbre. Ella era más de transitar los momentos, "vos siempre pensás demasiado", le decía. Tuvo un mareo leve. Llegaron. En el tiempo que había pasado sin verse, él se había mudado a un departamento más amplio y luminoso. Ni bien entraron, y sin detenerse a mirarlo, ella comentó que prefería el departamento anterior. Sacó algo de la cartera y la dejó caer al piso, buscó la puerta del baño y entró sin avisar. Él se quedó parado bajo el marco de la puerta de entrada, observando las paredes que cambiaban de color, mirando cada objeto como si fuera la primera vez. Dejó el bolso, fue a la cocina, abrió dos cervezas heladas y se dejó caer sobre el sillón del living. Tomó un sorbo y cerró los ojos. Todo el ambiente, que parecía un decorado, giró con velocidad. Ella salió del baño imitando el baile de Uma Thurman antes del jeringazo.


Ahora suena una voz profunda, suave, que canta sobre una melodía de guitarra acústica. Es un punteo cristalino que se precipita como una cascada sobre cada nueva estrofa. Desde lejos llega otra voz parecida, más delicada, que se funde en armonía con la primera. El protagonista dice que hay un chico en el espejo que le pregunta "¿qué estás haciendo aquí?". Y al principio de la estrofa siguiente: "Viajé lejos y quemé todos los puentes que crucé, tan pronto como toqué tierra". El tema que suena en el equipo de música es "Homesick", de los Kings of Convenience. La luz azulada del televisor se esparce por toda la escena, se mueve como un ser vivo lamiendo muebles, cuadros, libros, discos y revistas. Pasa sobre los cuerpos que se retuercen, y cuyas sombras se proyectan sobre la pared blanca, por encima del respaldo del sillón. Las cervezas están calientes. Ella practica el sexo oral con la dedicación de un autómata. Sin reaccionar a la mano de él que le acaricia el cuello, ni a su respiración entrecortada. Él actúa el goce pero en realidad siente dolor: le está clavando los dientes. Trata de concentrarse. De pronto, ella levanta la vista como si volviera en sí después de un coma, o una explosión la hubiera despertado de la siestaaca. Lo observa, revolea los ojos y vuelve a él.

-¡Mm!, qué lindo este tema! ¡Qué linda esa guitarrita! ¿qué es? -pregunta, con los ojos vidriosos, bien abiertos. Él no sabe qué contestar. La única idea que viene a su mente es la de su ánimo cayendo a en picada. No siente ninguna conexión entre él y ese miembro que ella tiene en sus manos. Ella retoma la acción sin esperar la respuesta, aunque con menos énfasis que antes.


Es evidente que él sí piensa demasiado. Piensa en que la chica que cree adorar le resulta desconocida, si es que alguna vez llegó a conocerla. Que ha venido hasta su casa sólo como retribución por lo amable de la velada. Por haber sido gentil con ella, por haberla hecho reír. De golpe está en medio de un deja-vu. Adelantado a lo que viene, trata de volver a ese flequillo que ondula entre sus piernas, a esas manos que lo acarician con desgano. Después de todo, no sabe si habrá próxima vez. Se concentra. Finalmente, acaba, en un espasmo largo. Ella se levanta de golpe buscando sus cosas en el piso, limpiándose la boca con el reverso de una mano, que después frota contra el jean. Todo en el arco de un solo movimiento. Parece angustiada, como si le faltara el aire. Se mueve torpe de un lado al otro, como un animal encerrado. Él todavía no logra reaccionar. Se levanta semidesnudo para ir a limpiarse al baño, y antes le pregunta si se siente bien. Ella es incapaz de sostenerle la mirada, dice que ya se le hizo tarde. De espaldas, se inclina sobre una pila de discos, mirando sin mirar. Mientras se viste, él trata de recuperarse de la idea de que parecen dos extraños. Ya sabe la respuesta, por lo tanto no es necesario hacer la pregunta: ella no va a quedarse.


Ahora miran los números en el display del ascensor. Él la sostiene de un brazo que cuelga sin vida. Ella lo ignora. Repiquetea los dedos de la otra mano sobre uno de los cuatro espejos. Está encerrada en una caja de cristal, entre miles de versiones de ella misma. Para él, el deja-vu no termina.




Noviembre de 2008

Una buena noche

En el tocadiscos, la voz de Julie London suena agridulce, juguetona. Arrastra los tonos graves, deja fluir el aire entre las palabras dichas a media voz, cambia al registro y corona los agudos con pequeños vibratos. La oigo posar los labios sobre el extremo de un cigarrillo, y exhalar el humo antes de la siguiente frase. Puedo oír, también, el soplo casi imperceptible de las partituras cuando pasan de una a otra. La imagino detrás del vidrio de un estudio revestido en madera, al otro lado de la consola de grabación. La rodea un halo de humo lento, que gira. Está sentada con la espalda recta sobre el borde de una silla alta. El pelo castaño cae sobre el costado de su cara. Sólo apoya un taco aguja, marcando el ritmo con la punta del zapato. Una mano sostiene el pie del micrófono metálico. Y en la otra, el cigarrillo se extingue sin apuro. A su lado, una mesita redonda y bien pulida, y sobre ella, dos cubos de hielo se disuelven en una medida de whisky. Canta y sonríe de costado, quizás vencida por los recuerdos de noches de champagne en balde de plata. Sus ojos tienen un brillo opaco, de resignación. Ya no se siente joven. Llega el estribillo, y Julie, desganada, dice que su corazón le pertenece a su papi.


Ignoro de qué tratan las últimas páginas de este libro. De pronto estoy cansado, disperso, envuelto en mi propia nube mental. Dejo el libro, apago las luces. Me lleva un tiempo acostumbrarme a la penumbra. El ambiente va reapareciendo, pero en negativo. Afuera, hay un resplandor que se proyecta en las cortinas. Un círculo de luz blancuzca sobre la tela. Y en el centro, difusa, una figura. Me acerco a la ventana.


Del otro lado del hueco del edificio, una mujer fuma con los brazos cruzados y los codos sobre el borde de la ventana. La reconozco, es mi vecina. En las noches de verano suele dejar las cortinas abiertas. Calculo que tendrá unos sesenta años. Miro mejor, ¿podrá verme?. Afino la vista y descubro que está desnuda. Me escondo de un salto, escandalizado. Siento que la vergüenza late en mi cara. Vuelvo a mirar. Se inclina un poco y las tetas se desparraman sobre el borde. No me vio. Son enormes. Las aureolas, grandes y rosadas, son las más grandes que haya visto. Tiene un bronceado intenso, interrumpido solamente por la marca de un corpiño. Proyecto su imagen de joven y pienso que habrá sido muy linda. Lleva el pelo teñido de rubio, con las raíces más oscuras. Vuelve a mirar hacia mi, y por las dudas me escondo. Termina el cigarrillo y veo como el punto de luz naranja se extingue dentro del pozo oscuro. Se va de la ventana y cuando la reencuadro, confirmo mi sospecha. El vello púbico asoma, descolorido y en remolinos, por debajo de los pliegues de piel de la panza. Sale de la habitación. Reaparece por la ventana del living, casi a oscuras. Reparo en sus glúteos blancos, chatos, que se mueven como gelatina. En sus piernas hinchadas creo ver algunas marcas oscuras. Desaparece. Vuelvo a la habitación y me sorprendo al ver que había alguien más. Es un hombre ancho, recto, sentado sobre la cama, de espaldas. Por la ubicación de ella no lo había visto. También está desnudo y tostado por el sol. Le queda poco pelo en la nuca colorada., y aunque sus hombros son anchos y bien definidos, en la piel arrugada de la cabeza tiene manchas marrones, de vejez. Con sus brazos fuertes, manipula algo que tiene entre las piernas. Se agita en movimiento rápidos, enérgicos. Se detiene un segundo, se queda inmóvil. Respira. Una, dos, tres veces. La mujer reaparece con un vaso de agua y en el mismo movimiento lo deja sobre la cómoda. Se mueve con la cadencia de una camarera vieja en un club nocturno. Va y viene por la habitación, corrige los pliegues de las cortinas, de las sábanas, y acomoda las almohadas. Curiosa, se acerca a él y observa los avances. Se anuda el pelo, viene hacia la ventana. Mira la nada, deja caer un suspiro. Y vuelve con él, que sigue concentrado en su entrepierna. Le acaricia la espalda con ternura, y le seca el sudor de la frente con la punta de la sábana. Mira la hora en un reloj pulsera muy chiquito, que cuelga al revés. Le secretea algo, entre risas. Los anima con palmaditas en la espalda. Lo besa en la mejilla y vuelve a salir de la habitación.


El hombre se levanta de un salto. Los glúteos flácidos y arrugados de golpe se contraen. Veo la marca de un traje de baño muy chico, tipo sunga. Llama a la mujer, que vuelve dando saltitos, como una colegiala. Cuando él se da vuelta, veo que sostiene un velador entre las piernas. De un modo ceremonial, lo devuelve a su lugar, en la mesa de luz. Mientras se toma todo el vaso de agua, ella lo abraza por detrás, apoyándole las tetas y el costado de la cara en la espalda. Entre los dos colocan el foquito, y después, la pantalla con arabescos. Apagan las luces. Siento mi respiración. Encienden el velador. Voilà. La luz rosada renueva el clima de la habitación, suavizando sus formas. Se abrazan y así se quedan un momento, acariciándose. Él salta a la cama, rebota un par de veces y acomoda las almohadas. La llama con un gesto pícaro, dando palmaditas sobre la sábana. Divertida, ella ensaya un baile sensual. Él se muerde el labio, mueve los hombros al ritmo de una música que no escucho. Ella gatea sobre la colcha y se acerca hasta que su nariz toca la de él. Así se quedan, mirándose a los ojos. Hasta que ella lo besa, delicadamente. Su corazón le pertenece a su papi, pienso. Me pregunto si debo seguir mirando, aunque no puedo dejar de hacerlo. Apagan la luz del velador. Ahora toda la casa queda a oscuras, igual que la mía. La noche se vuelve fosforescente. En el tocadiscos ahora sólo se oye el rasguido de la púa sobre el vinilo. Afuera, un auto acelera a lo lejos.




Diciembre de 2008







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Venecitas



Sintió un escalofrío en los brazos y la espalda, pensó: "qué raro, estamos en enero". El cielo era de un azul traslúcido, desde el agua subía el olor del cloro. De a ratos le costaba respirar sin estornudar una o dos veces, el fresco de la mañana y ese olor intenso le hacían picar la nariz. De pronto las flores del parque se agitaban en ráfagas cortas, allá arriba los pinos describían movimientos lentos, pero pronunciados. Las sombras se acortaban a medida que el sol subía, él observaba toda la escena como en cámara rápida; creía que podía alterar el flujo del tiempo con la mente. Notó que le ardían los hombros. "Una día perfecto", dijo para sí mismo, viendo las venecitas que ondulaban allá abajo. Eran tramas que se rompían y mutaban en nuevas formas, que se expandían hasta disolverse. Esas tramas elásticas lo hacían pensar en los gráficos con los que Einstein había demostrado que el espacio también se podía curvar, y que todo, tiempo y espacio, era relativo.


Ese día los chicos de diez y once años eran casi los únicos en toda la colonia; los primeros del turno mañana en la pileta. Era olímpica, enorme, y hacia la mitad, un cartel recién pintado en letras rojas, que colgaba de una cadenita cruzada de un lado a otro, avisaba: "CUIDADO!, DESDE AQUÍ 5 METROS". ¿Serían cinco metros de verdad? Perecía mucho. Por debajo del agua sólo había llegado a ver esa bajada empinada y oscura a partir de la línea divisoria. Daba miedo, realmente. A la luz le costaba más trabajo llegar tan profundo. ¿Entonces, qué le pasaría al cuerpo? ¿Podría resistir el descenso?


Un jolgorio de silbatos, risas y chapoteos le fue llegando de a poco, como de lejos. Volvió en sí. La profesora los hacía practicar natación en cinco andariveles dispuestos a lo ancho de la parte playa. Un metro. Apenas. ¿Cómo sería no tocar el fondo con los pies? Se dividían en tres categorías: Tiburones, Delfines y Mojarritas. A esa altura del verano, ellos todavía eran mojarras. Se suponía que de un momento a otro la profesora debería otorgarles un ascenso. Como Delfines, podrían nadar en la parte más honda; y ya como Tiburones, podrían saltar del trampolín.


Qué ansiedad. Todos los días, desde el principio de las clases, había visto la escalerita de metal brillando en la otra punta. Muy alto, recién pintado de un celeste azulado, majestuoso, inalcanzable. Reflejos zigzagueantes se proyectaban por debajo de la tabla. De aquel lado el agua estaba quieta, apenas si algunas ondas terminaban de morir pasando el cartel de letras rojas. De este lado, a sus pies, los compañeros se tomaban del borde y practicaban la patada. Y a su turno, él tendría que hacer lo mismo. No podría aguantar mucho tiempo más esa rutina.


Dio una última mirada al grupo y encaró para ese lado. La losa naranja empezó a quemar y apuró el paso dando saltitos. El corazón saltaba también, y mientras avanzaba por terreno prohibido, los colores y sonidos del entorno se fueron apagando. Ya doblaba la esquina de la otra punta cuando por el costado del ojo vio que ni los chicos ni la profesora se habían dado cuenta. Como en cámara lenta, sin pensar, se agarró del tubo caliente del pasamanos y fue subiendo la escalera. Peldaño a peldaño las piernas empezaron a dudar; pero inhaló profundo, miró arriba y siguió subiendo.


Los pies tantearon la textura arenosa de la tabla, enfocó la punta del trampolín como a través de un tubo oscuro. Un gran silencio. No pensar. Un vientito le entraba en los oídos, como un secreto. Abrió los brazos. Se quedó así un segundo, respiró con fuerza y avanzó uno, dos, tres pasos largos. Dio un primer pique, y en el segundo llegó más alto dándose impulso con los brazos. Tensó el arco de los pies y mantuvo las piernas juntas. Con las manos se tocó los tobillos, formando con el cuerpo un ángulo cerrado. Una carpa vertical, perfecta. Volvió a extenderse y en línea recta se clavó en el agua, que apenas se movió.


Al principio el golpe frío le endureció el cuerpo. Mientras bajaba pudo ver que la luz del sol se hacía más débil. El fondo no llegaba más. Sintió la presión en los oídos y en el pecho; algo esperable a esa profundidad, pensó, como había visto en ese programa de televisión presentado por el buzo francés. Llegó al piso de venecitas, y al tocarlo, vio cómo se levantaba una capa de tierra finísima, que flotó, lenta como una nubecita. Largó un poco de aire, para ganar tiempo antes de que la física lo hiciera subir. Tocó el piso con la punta de la nariz. Despreocupado, feliz, el mundo ahora le resultaba ajeno. Ecos de voces sin forma y sonidos huecos le llegaban desde lejos. Giró sobre sí mismo, tratando de entender esa inmensidad azulada que lo rodeaba si límites, las líneas suaves de esa luz turquesa en degradé. El silencio. La soledad. Relajó el cuerpo hasta sentir que no era de él. Flotar sin cuerpo, a la deriva, en paz y sin recuerdos, ¿sería así la muerte? Un brillo muy cerca de la mano le llamó la atención. Acercó la cara: era una cadena rota con una medallita del mundial ´78. La estudió detenidamente antes de tocarla, se sentía un descubridor de tesoros hundidos, de esos que veía en los artículos que leía en la Muy Interesante. Ya casi no tenía aire, estaba cansado y le ardía la vista. Se impulsó para subir y fue más fácil, a través del espejo de la superficie pudo ver, onduladas, las figuras de los compañeros moviéndose en el borde. Más nítidos escuchó los gritos de la maestra, que daba silbatazos mientras metía medio cuerpo en el agua para sacarlo.


Subió al micro, se acomodó en el último asiento. La oreja latía por el tirón, roja y caliente. Los otros chicos gritaban, se reían o molestaban a las chicas. Miró por la ventanilla. A los saltos por las calles de tierra, distraído del paisaje, apuntaba mentalmente imágenes, olores y sensaciones de ese día. Miró la medallita en la mano abierta y trató de fijar la imagen. Era un juego que había inventado, como una prueba: enviarse un mensaje a sí mismo a través del tiempo, del chico que era, al adulto que sería. Como esas cápsulas lanzadas al espacio con mensajes de amistad para otros mundos. Quién sabe. Suspiró. Hacía muy poco que le habían explicado lo que era la muerte. Y cuando volvía a pensarlo, volvía también la sensación de ahogarse en el vacío de no existir más. Duraba un segundo hasta que se distraía con algo. Miró por la ventanilla. Reconoció a sus amigos jugando al tenis sobre el asfalto; el micro ya doblaba por la esquina de su casa.




Abril de 2008












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